Veronese

Equinoccio de marzo

El otoño comienza en nuestras latitudes a los veintiún días del tercer mes del año, fecha convencional que no siempre coincide con el equinoccio de marzo, que es el que define su inicio y, en 2021, ocurre el día 20 pero no el 21 del calendario. Si bien esta divergencia es irrelevante a los fines prácticos, las fluctuaciones y la imprecisión de las estaciones tradicionales,causadas por el cambio climático, han modificado y perturbarán de un modo drástico las condiciones de la vida en la Tierra. Y todo esto en medio de una pandemia indescifrable.

Veronese: equinoccio de marzo y RSE.
El equinoccio de marzo tiene para nosotros un doble significado de inicio del período otoñal y de alerta por las dramáticas alteraciones en las condiciones climáticas en el largo plazo.

Noche igual, clima distinto

Equinoccio de marzo en otoño.
Las estaciones del año se han desdibujado merced al cambio climático: los tiempos de la Tierra ya no son los mismos del Sol sobre su superficie.

El tiempo solar, el basado en los efectos de la luz del Astro Rey sobre nuestro planeta –que gira sobre sí mismo y orbita alrededor del Sol– ha sido  determinante a lo largo de millones de años.

El día y la noche terrestres, períodos delimitados por la aurora y el ocaso, duran en conjunto más o menos unas 24 horas, aunque la extensión de una y otra fase varía todo el tiempo: cuando uno se alarga, la otra se acorta en proporción.

Dos veces al año, sin embargo, día y noche tienen aproximadamente la misma duración: es durante los equinoccios de marzo y septiembre.

La palabra equinoccio, que proviene del latín, significa literalmente “noche igual” (aequus nocte) y define a esos días tan particulares.

Mientras uno sucede en una jornada que se da entre el 19 y el 21 de marzo (equinoccio de marzo), el otro llega entre el 21 y el 24 de septiembre (equinoccio de septiembre).

Equinoccio de marzo e inicio del otoño: técnicamente, sólo un instante.
Al momento de producirse el equinoccio, el paralelo de declinación solar y el ecuador terrestre coinciden: visto desde el paralelo 0° de la Tierra, el Sol alcanza su punto más alto en el cielo.

Para los científicos, cada equinoccio no es en realidad todo un día sino sólo un instante preciso del año en el que el Sol queda alineado con el plano ecuatorial de la Tierra.

En 2021, el equinoccio de marzo astronómico tiene lugar a las 9:37 GMT (hora de Greenwich, 6:37 hora Argentina) del día 20.

En nuestro hemisferio austral es el equinoccio otoñal, el comienzo teórico de la estación en que las hojas de los árboles abandonan su verdor y caen ayudadas por los vientos.

“El Sol empieza a ubicarse más al norte, su curso en el cielo describe una curva más chata, se lo ve cada vez más bajo respecto al horizonte y las cosas proyectan sombras progresivamente más largas.

A partir de este momento, las noches de este lado del Planeta empiezan a ser más largas que los días, incremento progresivo que llega a su máximo con el solsticio de junio, para luego menguar hasta igualarse de nuevo en el equinoccio de septiembre.

El Sol empieza a ubicarse para nosotros más al norte, su curso en el cielo describe una curva más chata, se lo ve cada vez más bajo respecto al horizonte y las cosas proyectan sombras progresivamente más largas.

En el Polo Sur, el equinoccio de marzo señala el inicio de una larga noche de 6 meses que se termina con el advenimiento de la primavera, cuando el Sol reaparece en el cielo polar.

La menor llegada diaria de luz solar causa el enfriamiento de la superficies continentales, más acelerado que la de los mares y océanos que conservan el calor por su mayor inercia térmica.

Melancólico para algunos, bello y atractivo para otros, el otoño se presenta año tras año con desusada impuntualidad, y la culpa parece ser nuestra.

La palabra otoño era en la Europa antigua sinónimo de plenitud o, mejor, de madurez, el momento en que la mayoría de los árboles y las plantas llegaban al final de su ciclo, alcanzaban el auge de la vida.

En la realidad actual, todos estos fenómenos y nociones –salvo la duración de los días y las noches, y la posición relativa del Sol– parecen caducos ya que a lo largo de los siglos el ser humano ha generado una huella de carbono (CO2) capaz de trastornar al planeta entero.

El otoño no es lo que solía

Equinoccio de marzo: el otoño ya no es lo que solía.
Lo efectos evidentes de las alteraciones del clima en toda la Tierra modifican la ocurrencia de fenómenos naturales que, a destiempo, desequilibran los nichos ecológicos regionales.

Para nadie representa una novedad que el calor del verano ya parece una parte característica del otoño, y que en casi todo el norte y centro de la Argentina (con la excepción de los territorios adyacentes a la cordillera andina), el invierno es liviano y fugaz.

Las temperaturas estivales se han deslizado hacia el otoño hasta invadirlo y provocar mutaciones en los procesos de migración, hibernación y reproducción de los animales, a la vez que alteran los ciclos naturales de las plantas.

“El calor continuado hace que las plagas se repliquen sin control natural, y favorece la supervivencia de insectos y ácaros, a su vez vectores de enfermedades, pero también de especies invasoras y malezas.

Todas las mediciones evidencian que las marcas térmicas promedio del otoño van en aumento, y que los registros que antes correspondían al tramo final del verano se corrieron varios días hacia adentro del otoño.

Las consecuencias de este recalentamiento afectan a los ecosistemas, pero también a la agricultura y la ganadería.

Si las temperaturas no bajan, los procesos se demoran y el todo se desequilibra.

Cada especie desarrolla cualidades que le permiten afrontar o eludir las heladas y el frío prolongado del invierno: los árboles dejan caer sus hojas, muchos animales emigran hacia el calor, otros hibernan.

El calor continuado hace en cambio que las plagas se repliquen sin control natural, y favorece la supervivencia de insectos y ácaros (mosquitos, garrapatas) a su vez vectores de enfermedades (como chikungunya, dengue y zika, todas transmitidas por el Aedes aegypti), pero también de especies invasoras y malezas.

Intervenir para conservar lo que nos es útil y benigno, en detrimento de lo que resulta perjudicial y dañino, además de ser una apuesta de altísimo riesgo, es algo que está fuera del alcance humano.

¿Qué podemos hacer, entonces?

Por lo pronto, es un deber generar conciencia para reducir las emisiones y los desechos que alimentan al efecto invernadero y al calentamiento consiguiente, consumir menos recursos, y aumentar la eficiencia de los procesos artificiales, pero ése es sólo el comienzo.

El futuro ya llegó

Veronese: equinoccio de marzo en Santa Fe de la Vera Cruz.
El patrón climático de la región de Santa Fe recibe la influencia de sistemas de gran escala que escapan a nuestro control, pero es mucho lo que podemos hacer para revertir localmente el deterioro ambiental.

El cambio climático se observa con claridad también en las ciudades llegado el equinoccio de marzo.

Santa Fe no escapa al conflicto global, sino más bien lo sufre con creces por su ubicación y por las características del emplazamiento, un gran pozo rodeado de aguas dentro del extenso valle de inundación del río Paraná.

Entre nosotros, los mosquitos y otros zancudos abundan, orugas y gusanos aparecen de manera inesperada, algunas especies de aves (como los diversos tipos de palomas) se multiplican desaforadas mientras otras disminuyen o desaparecen.

“Los fenómenos atmosféricos frutos del cambio climático, más violentos y menos predecibles, son un enigma en aumento para el futuro de nuestro medio ambiente.

Los árboles urbanos se confunden, florecen a destiempo, brotan mientras pierden el follaje, se enferman y debilitan.

La actividad humana desaprensiva se desenvuelve a expensas de las especies más vulnerables y, peor aún, de la diversidad biológica.

Las condiciones climáticas que se consideran hasta hoy mismo normales para la ciudad, desparecieron hace más de años y datan en realidad de principios del siglo 19.

Desde 1970, se registran alteraciones notables, expresadas más por las variaciones en la humedad y las precipitaciones que en los niveles de temperatura.

Tiempo, clima y RSE en el equinoccio de marzo: imágenes de radar meteorológico.
Las imágenes del tiempo meteorológico procesadas por computadora son por sí solas elocuentes respecto al arribo de agua procedente del océano Atlántico al corazón mismo de la región de Santa Fe.

Santa Fe, tal parece, se ha tropicalizado.

Los cambios en el estado del tiempo cobran un sentido más climático y menos meteorológico, en tanto traspasan latitudes crecientes hacia el sur.

Mientras en la región de Santa Fe la temperatura media ascendió 1°C, el promedio de lluvias creció unos 200 mm/m2 en el mismo lapso, es decir: hace un poco más de calor, pero llueve mucho más que 5 décadas atrás.

La combinación concurrente de calor persistente, baja amplitud térmica, y precipitaciones abundantes, facilita la reproducción otoñal prolongada de los mosquitos, que encuentran en los pequeños y grandes espejos de agua limpia estancada incubadoras perfectas.

En el húmedo y templado otoño santafesino, el Aedes aegypti, vector de chikungunya, dengue y zika, puede llegar a convertirse en un habitante –amén de molesto peligroso.

El malhumor del tiempo lagunero

Equinoccio de marzo en Santa Fe: temperaturas y lluvias.
Marzo es el mes que registra el máximo del total de precipitaciones mensuales medias: es, literalmente, el mes de la lluvia en Santa Fe.

La ambición de entender, ordenar y relacionar lo que ocurre con unas causas determinadas ha sido siempre más fuerte que nuestra capacidad para descubrir correspondencias verdaderas.

Los fenómenos atmosféricos frutos del cambio climático, más violentos y menos predecibles, son un enigma que no nos deja entrever el futuro de nuestro medio ambiente.

Las temperaturas altas se mantienen relativamente constantes en el largo plazo, pero las bajas ya no lo son tanto, se dan con una frecuencia cada vez menor, y por espacios de tiempo casi mínimos.

Pasamos de sequedades interminables a precipitaciones fulminantes que inundan calles, solares y viviendas en cuestión de minutos.

Desde un punto de vista histórico, marzo es en Santa Fe el mes de las precipitaciones.

Sus 31 días suman un promedio total agua caída de:

  • más del 130% respecto a los que le siguen (enero y febrero, y de
  • arriba del 400% comparado con los de menos lluvias (junio, julio y agosto).

A partir de finales del siglo 20, la ciudad de Santa Fe ha experimentado lluvias de una intensidad inusitada en períodos muy cortos, las peores de ellas en pleno otoño.

La gran cantidad de agua pluvial por unidad de tiempo, el escurrimiento acelerado a zonas más bajas y la ausencia de drenaje natural por la ocupación del suelo, causan el colapso de cualquier sistema de desagüe.

Un desequilibrio creciente

El equinoccio de marzo, sobre todo en las últimas décadas, parece ensañarse con la ciudad de la Vera Cruz.

Los paisajes otoñales dejaron de ser bucólicos para hacerse dramáticos, si no trágicos.

  • En 2003 se produjeron precipitaciones en la cuenca del río Salado que, en combinación con la crecida del río Paraná, derivaron en la catastrófica devastación de la ciudad entre el 29 de abril y el 3 de mayo.
  • En 2007, entre el 26 de marzo y el 4 de abril llovió sobre el casco urbano un total de 469 mm/m2, algo así como la mitad de las precipitaciones de todo el año en un sistema que no tiene estación seca, fenómeno del que no había registros en más de 200 años.

En ambos casos, la sumatoria de decisiones humanas erróneas y calamidades atmosféricas imprevisibles produjeron anegamientos fuera de control cuyos efectos dañosos se prolongaron más allá de lo que puede tolerar el extenso ejido de la ciudad.

RSE para el equinoccio de marzo

Equinoccio de marzo en Santa Fe.
La ciudad se debate desde hace décadas entre crecer hacia arriba o extenderse hacia el norte y las zonas costeras: cualquiera de las opciones está acompañada de desafíos complejos.

La elevada densidad de funciones urbanas trae consigo las concentración –mayor aún– de disfunciones.

Esa densificación tiene límites: cuando el crecimiento y adecuación interiores se agotan, la ciudad se expande y ocupa áreas nuevas, se extiende.

Crear más ciudad, sea ésta compacta o dispersa, provoca desequilibrios que deben ser sopesados.

La ciudad se abastece de suministros regionales (de su hinterland o de su área de influencia) pero nacionales e internacionales.

“Quienes tienen posiciones de liderazgo, y también quienes trabajan desde el llano, pueden hacer y mucho para contrarrestar las consecuencias gravosas del cambio climático en el ámbito local y regional.

¿Qué sucede con esa enorme masa de materia que ingresa una vez procesada o consumida?

Quienes tienen posiciones de liderazgo, y también quienes trabajan desde el llano, pueden hacer y mucho para contrarrestar las consecuencias gravosas del cambio climático en el ámbito local y regional.

Quizás las más conocidas pasen por el ahorro de recursos energéticos (luz, fuerza motriz, combustibles líquidos y sólidos, gas), hídricos (agua corriente, riego, lavado y limpieza), alimentarios (racionalización del consumo y almacenamiento), económicos en sus diferentes dimensiones.

También la reducción o eliminación de emisiones (de gases diversos, de calor por climatización de ambientes, de efluentes cloacales, de fluidos contaminados, de ruidos y sonidos de alto volumen) y de desechos (alimentarios, hogareños, de oficina, de envases descartables, industriales), en particular tóxicos o contaminantes.

En cualquiera de los casos, la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) debe hacer suya la obligación de crear conciencia entre pares y hacia cada uno de los actores que integran el tejido humano en que se inserta.

Comunidad conflictiva

Cambio climático global y equinoccio de marzo.
La concurrencia de calentamiento global y cambio climático parece dar lugar a una sucesión incremental de fenómenos meterológicos fulminantes.

Santa Fe de la Vera Cruz comparte los mismos problemas ambientales que aquejan a la mayoría de las ciudades.

El paisaje urbano no sólo produce un impacto negativo sobre el paisaje natural, sino también su propia corrupción interna de ruidos visuales.

La ciudad en otoño es una gran isla de calor permanente que disminuye la calidad de vida de los transeúntes, afecta a sus ambientes exteriores y obliga a reforzar la protección de los interiores.

El estrés térmico por los esfuerzos desmesurados que realiza el cuerpo humano para mantener una temperatura interna equilibrada en el contexto ambiental desfavorable es acompañado por un malestar sintomático que termina por deteriorar la salud de los individuos.

Emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, contaminación del aire urbano, ruido ambiental nocivo en exceso, aguas residuales desmedidas y no tratadas, una enorme generación de residuos domésticos, comerciales y urbanos, profusión de especies invasoras, consumo desmedido de agua y de recursos no renovables, presión sobre espacios verdes, deforestación y fragmentación de microhábitats, son moneda corriente en nuestro medio.

Sin desmedro de lo antedicho, la implantación del casco ciudadano agrega peculiaridades que acentúan la pérdida de calidad de vida.

Caldo de cultivo de riesgo sanitario

El cambio climático favorece la reproducción de mosquitos transmisores de enfermedades.

Pero la ignorancia, la desaprensión y la negligencia en la conducta humana facilita la multiplicación de los criaderos en aguas estancadas.

La fumigación es un recurso importante pero deficiente para combatir a los mosquitos, porque los insecticidas –que además pueden ser tóxicos para muchas otras especies animales y vegetalesactúan solamente sobre los adultos.

Es una responsabilidad ciudadana prioritaria el evitar el depósito de huevos y la aparición de larvas en diferentes sitios de incubación que suelen pasar inadvertidos, tales como:

  • Conductos obstruidos o estropeados: canaletas, chapas, desagües pluviales, canales a cielo abierto.
  • Recipientes en desuso que pueden acumular agua: botellas abiertas, latas, cubiertas de vehículos.
  • Objetos domésticos abiertos dejados a la intemperie: baldes, palanganas, tarros, tambores.
  • Receptáculos para agua limpia descubiertos en interiores y exteriores: floreros, bebederos de animales, porta macetas, vertederos de acondicionadores de aire, tanques de reserva, cisternas, colectores de aguas pluviales.
  • Espacios abiertos sucios, desordenados o descuidados: terrenos baldíos, jardines, parques, patios, plazas, terrazas.

El área de Santa Fe es reconocida tradicionalmente por propios y ajenos como «la capital de los mosquitos» desde épocas inmemoriales.

La naturalización de esta noción no debe hacernos perder de vista que estos fastidiosos zancudos representan un enorme peligro como difusores de enfermedades graves.

Reflexión sensata, modificación de conductas negativas y acción conducente inmediata son las claves de nuestra responsabilidad social ineludible.

La Tierra y la tierra

Tiempo, clima y RSE bajo la lupa: tormenta eléctrica en ciernes sobre la ciudad de Santa Fe.
Tiempo, clima y RSE bajo la lupa: tormenta eléctrica en ciernes sobre la ciudad de Santa Fe.

Se hace imperiosa la generación de una conciencia colectiva pública que modere o revierta la agresividad humana para con el hábitat, que debe ser fomentada desde la RSE con todos los medios a su alcance.

Las pequeñas acciones cotidianas son tácticas beneficiosas contribuyen en el desarrollo de las grandes políticas de protección y sustentabilidad estratégica del medio ambiente.

Pero es todavía más importante reconocer y afrontar los graves problemas que originamos con el uso y abuso del suelo.

Así restamos tierras al paisaje natural, ya con actividades agropecuarias extensivas, ya con la edificación de barrios y ciudades que incluyen el asfaltado de vías y senderos, la apertura de plazas secas, y hasta parquizados irrazonables o forestación con especies importadas que perturban los ecosistemas naturales.

Cuenta regresiva
  • Cada hectárea –cada manzana– nueva que urbanizamos para edificar ciudad:
    • Insume enormes cantidades de recursos de infraestructura que se asientan sobre el suelo natural, dañado sin remedio.
    • Disminuye la eficiencia de la trama porque dispersa los diversos tendidos necesarios para su funcionamiento sostenible.
    • Destruye espacios verdes, arboledas y pastizales que dejan de ser pulmones naturales para la renovación del aire y microclimas habitados por innumerables especies.
  • Cada parcela que sustraemos –por ocupación o rellenamiento– a las áreas costeras y los cauces actuales o pasados de bañados, esteros, lagunas, arroyos o ríos:
    • Modifica sus valles de inundación natural y hace que las crecientes sean más intensas.
    • Ocupa humedales indispensables para el equilibrio ecológico.
    • Al asentarse sobre sustratos arcillosos, las edificaciones pierden estabilidad estructural.
  • Cada piso que se apila para construir un edificio en altura sobre una superficie dada multiplica:
    • Las necesidades de abastecimiento y evacuación de ese fragmento de terreno, lo que crea congestiones y colapsos en la infraestructura de la ciudad.
    • Los requisitos de energía para la climatización de ambientes y la concentración en la radiación de calor en un espacio urbano delimitado.
  • Cada metro cuadrado de tierra libre que cubrimos o sellamos implica:
    • La reflexión de la radiación solar al medio ambiente y el recalentamiento de la masa de aire circundante.
    • La eliminación de una parte del ecosistema que vive en él.
    • La deforestación, cuando se sacrifican especies existentes con todos sus efectos adversos.
    • La interrupción del ciclo virtuoso de la evolución natural del suelo.
    • La pérdida de biodiversidad del hábitat.
    • La anulación de la capacidad absorbente de las lluvias.
    • La aceleración de la velocidad de escurrimiento del agua caída hacia áreas deprimidas.
    • La sobrecarga de cauces de acequias, canales, arroyos y ríos con caudales que antes filtraban hacia el subsuelo.
  • Cada centímetro que elevamos el nivel del suelo supone en algún punto la creación de un obstáculo, a veces un verdadero dique, que fragmenta el territorio, retiene el paso del agua y anega sectores que no debería, como ocurre en la construcción de:
    • Barrios cerrados o privados asentados sin la evaluación del impacto ambiental pertinente.
    • Calles, pasajes, caminos y rutas que no contemplan el sentido de escurrimiento pluvial por gravedad e impiden los desplazamientos libres de especies naturales.

El otoño santafesino magnifica –más que el verano y su bochorno– los desequilibrios presentes en el medio ambiente ciudadano.

Es mucho lo que podemos hacer desde la RSE para mejorar el balance hídrico que, como queda dicho, es más abrumador para Santa Fe que el problema térmico.

La actualidad indica –y nada hace presumir que vaya a cambiar en el porvenir– que la región de Santa Fe padecerá precipitaciones pluviales más intensas, más frecuentes y menos previsibles.

Y si bien los sistemas de pronóstico y prevención registraron avances importantes, la caída de granizo que tanto mal provoca en el agro también estará a la orden del día en las áreas urbanas sobre vehículos y edificaciones con un poder destructivo que estremece.

Agua y ajo

Tiempo, clima y RSE bajo la lupa en el otoño santafesino.
La caída de agua de lluvia cobra notable virulencia en su repetición cada vez más frecuente e intensa, mientras ninguna de las soluciones tradicionales –léase desagües entubados– alcanza a conjurar las inundaciones.

Aunque no lo parezca, es relativamente sencillo sacar provecho de la caída de volúmenes enormes de agua, como los que se descargan sobre la urbe, y evitar sus anegamientos reiterados.

Si tuviésemos una conciencia ambiental mínima, esa que puede adquirirse a edad temprana en escuelas e instituciones formativas, llevaríamos adelante acciones simples y eficaces para soportar los embates meteorológicos.

El ejido de Santa Fe, y el de cualquier urbe, tiene límites materiales precisos en cuanto a su capacidad para la evacuación pluvial.

Una vez superadas esas fronteras, no hay manera de agregar infraestructura para evitar los desbordes.

Al mal tiempo, buena cara

En lugar de construir más obras de desagüe, se necesitan soluciones que mejoren la eficiencia del control hídrico antes de que el agua se acumule donde causa perjuicios severos.

Vayan algunos ejemplos azarosos que quizás nos permitirían aguantar a las lluvias en la ciudad:

  • Abrir todas las superficies disponibles de suelo cubierto innecesariamente para favorecer el filtrado natural en patios, veredas, sendas, plazas, estacionamientos, calles peatonales, canteros centrales de avenidas y explanadas que así lo permitan.
  • Planear la inserción racionalizada de árboles, arbustos, plantas, césped y otras especies vegetales en todos los espacios aptos para generar pulmones urbanos múltiples que a la vez sirvan como barreras ambientales moderadoras de los fenómenos atmosféricos.
  • Fomentar la inserción de receptáculos para plantas –decorativas, pero también comestibles– como macetas y canteros en espacios abiertos o semi cubiertos (balcones, solares, galerías, pasarelas, jardines, veredas, etc.) capaces de recibir el agua de lluvia y conseguir nutrientes mediante la luz del Sol.
  • Revestir las terrazas y cubiertas planas de las edificaciones que lo permitan con capas más o menos delgadas de humus sobre las cuales sembrar vegetación liviana para:
    • Absorber y transformar el calor de la radiación solar en energía potencial mediante fotosíntesis, sin devolverlo al medio ni recalentar los interiores, al tiempo que se recicla el CO2 (gas de efecto invernadero) para generar oxígeno estable.
    • Retardar, limitar o impedir el drenaje de los excedentes de agua (que hoy se vierten a las calles con pésimas consecuencias):
      • al retenerlos en las plantas y la tierra hasta que desagüen con más lentitud o
      • al hacer que vuelvan naturalmente a la atmósfera en forma de vapor de agua por transpiración (el calor latente de vaporización es la cantidad de energía adicional necesaria para que un líquido pase a su fase gaseosa, es decir que tendríamos una suerte de modestos acondicionadores de aire naturales sin consumo eléctrico).
    • Aprovechar de modo eventual los productos y sobrantes vegetales frutos del cultivo ordenado.
  • Recolectar o reencauzar los caudales generados por las precipitaciones para:
    • Almacenarlos en cisternas de reserva y darles usos futuros como agua viable en riego, consumo animal, limpieza y lavado (personal, de utensilios, ropa e indumentaria, animales, espacios, vehículos, etc.), o la evacuación de residuos cloacales.
    • Alimentar procesos artificiales hidrodemandantes como sistemas de enfriamiento diversos, climatización ambiental, tratamientos de materiales varios, líquido electrolítico para baterías, mecanización, impresiones de alto volumen, recubrimiento o teñido al agua, lavaderos domésticos e industriales, cocción mediante autoclaves y otros métodos aislados del contacto con los alimentos, o los ya mencionados depósitos para descarga de mingitorios e inodoros.
    • Inyectarlos hacia las napas profundas del terreno –en vez de emplear alcantarillas o cloacas que acaban por verter los excesos en cauces ya saturados– para colaborar con su equilibrio, perdido con el sellado de los suelos.

Hay, claro está, muchas otras acciones provechosas al nuestro alcance, y debe estimularse la creación de alternativas superadoras para mitigar las consecuencias del caos pluvial que azota a Santa Fe.

Pero si no preexiste la conciencia, los esfuerzos serán estériles y volveremos a fracasar, menos por impericia que por ignorancia negligente.

RSE: Políticas, inversión y participación

Vista aérea de un sector de la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz, Argentina.
La naturaleza humana en las ciudades se ha alterado con la desaparición sistemática del contacto directo con el medio ambiente silvestre: sin campos, ni bosques, vivimos en estado de tensión constante.

El deterioro ambiental influye de modo directo en la calidad de vida urbana y, por transición, en la salud de los habitantes de la ciudad.

Los espacios deficientes o malogrados por el abuso remiten al desplazamiento y la exclusión de sectores de población con carencias agudas que se vuelven crónicas y cierran un círculo vicioso de degradación en espiral.

Sabemos por experiencia cotidiana las formidables barreras que crearon y crean las grandes obras de infraestructura de transporte como los ferrocarriles (Santa Fe está literalmente descuartizada por las trazas de vías que datan de fines del sigo 19) o las vías de circulación rápida no debidamente planeadas, o los terraplenes que rompen la continuidad territorial.

La complejidad intrínseca de la ciudad, la interrelación y mutua influencia de factores que impactan sobre la calidad de vida individual, social y urbana, ponen de manifiesto la importancia de asumir la Responsabilidad Social Empresaria requerida para que los usos del suelo, los sistemas de transporte, los ambientes construidos, las características físicas, económicas y sociales del contexto, reporten la menor cantidad de perjuicios posible.

Sería maravilloso que, al advertir las irregularidades que experimentamos en este equinoccio de marzo equívocamente desfigurado, cada quien, desde su posición en el entramado social, se comprometiera en el sostén de la participación cívica, la inversión comunitaria y la creación de políticas de estado activas: es cuestión de buena voluntad.

Cambio climático en otoño desde el espacio: el calentamiento global es un hecho incontrovertible.
Resolver –o atenuar– el problema del calentamiento global, mejorar las condiciones de vida, la calidad del aire y agua libres de polución, invertir en energía limpia e inteligente, desarrollar industrias verdes, transporte no contaminante, actividad humana sostenible, es procurarnos ciudades más baratas y eficientes para enfrentar al cambio climático.
Un emblema de otro tiempo y otro lugar

La degradación del suelo y sus efectos perniciosos no es un atributo exclusivo de las sociedades modernas: en el pasado –y también en nuestros días– ha tenido consecuencias que llevan a la destrucción de poblados y hasta civilizaciones enteras.

En el territorio que ocupan en la actualidad Belice, Guatemala, el oeste de Honduras y El Salvador, y el sureste de México, floreció a lo largo de unos 1.700 años la fabulosa cultura Maya, destacada por el desarrollo de la escritura, las artes, la arquitectura, la matemática y la astronomía.

El progreso de la civilización Maya y el incremento poblacional generó una presión demográfica tal que tuvieron que recurrir a la tala de bosques naturales en las laderas montañosas para extender las áreas dedicadas a la agricultura de subsistencia.

Las tierras comenzaron a sufrir la fuerte erosión causada por las lluvias abundantes y los vientos sobre áreas que hasta entonces habían estado protegidas por auténticas junglas impenetrables.

El daño en el medio ambiente por la acción humana condujo a la rápida decadencia de la magnífica civilización Maya.

Hacia el año 900 d. C., las vastas ciudades mayas –que tenían entre 50 mil y 120 mil habitantes– dejaron de funcionar como tales y fueron abandonadas en una diáspora irreversible.

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