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Naturaleza humana en las ciudades

A diferencia de lo que ocurría 150 ó 200 años atrás, la naturaleza humana ha cambiado: la mayoría de las personas de este espacio inefable que llamamos Occidente vive hoy en ciudades, y pasa mucho menos tiempo al aire libre en espacios silvestres que aquellos que pertenecieron a generaciones anteriores. Los habitantes de las ciudades también tienen más riesgo de sufrir de ansiedad, depresión y otras perturbaciones en los estados anímicos que los que aún habitan fuera de los centros urbanos.


Los efectos de la vida en las ciudades sobre la naturaleza humana: autopista urbana.

La naturaleza humana en las ciudades se ha alterado con la desaparición sistemática del contacto directo con el medio ambiente silvestre: sin campos, ni bosques, vivimos más tristes.

Estas circunstancias parecen estar vinculadas en cierta medida: naturaleza y profilaxis mental, como antítesis de civilización urbana y desórdenes, se manifiestan como un par virtuoso al cual las organizaciones comprometidas con la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) deben atender con tanta premura como lo hacen con la huella de carbono de las fábricas o la polución de los mares.

De acuerdo con diferentes estudios relacionados con la naturaleza humana de nuestra era, los habitantes de las ciudades con poco o ningún acceso a espacios verdes y soleados tienen una mayor propensión a padecer problemas psicológicos diversos –acompañados de consecuencias fisiológicas– que quienes viven en las cercanías de parques y grandes plazas arboladas, o que aquellos que visitan con relativa frecuencia entornos salvajes.

De los exámenes de laboratorio se desprende que las personas con acceso periódico a espacios abiertos y en contacto con la naturaleza tienen niveles más bajos de las llamadas hormonas del estrés y mejores valores de endorfinas.

“El ser humano de nuestra cultura se pasa la primera mitad de la vida arruinando su salud,
y la segunda mitad intentando restablecerla.

Joseph Leonard Goldstein,
Nobel 1985 en Medicina.

Se sabe, desde mediados del siglo 20, que la vida urbana ha alterado un sinnúmero de parámetros relacionados con la salud de las personas y, en consecuencia, se ha potenciado una buena cantidad de trastornos funcionales y ha aparecido una cantidad apreciable de nuevas dolencias: afecciones gastrointestinales, enfermedades cardiovasculares, asma, alergias, déficits inmunológicos, se vinculan de manera directa con el modo de vida y la naturaleza humana de la civilización occidental actual y, las más de las veces, no tienen precedentes ni en el pasado, ni en otras civilizaciones.

El premio Nobel 1985 de Medicina, Joseph Leonard Goldstein, un experto en la relación entre el colesterol en sangre y la arterioesclerosis, alguna vez sentenció no sin razón: “El ser humano de nuestra cultura se pasa la primera mitad de la vida arruinando su salud, y la segunda mitad intentando restablecerla”. Desde el punto de vista de la RSE, el costo social de estas conductas tiene implicancias profundas en el entramado civil y en la organización misma de la civilización.

La transformación de la naturaleza humana en una entidad que ha abandonado los vínculos más elementales con el medio ambiente silvestre, que se ha apartado de campos y bosques, que se ha refugiado en interiores estériles, tiene secuelas perjudiciales para la salud psíquica y física individual y colectiva.

La pregunta que surge de inmediato es: ¿puede un sencillo paseo por un parque, o una rutina de escape al campo, calmar a la mente y cambiar el funcionamiento del cerebro, de modo que se mejore el estado de salud mental del ser urbano y se transfieran los beneficios al contexto social?

La vuelta a la naturaleza humana inicial

Los efectos de las caminatas sobre el cerebro alteran nuestra naturaleza humana.

Las investigaciones concluyen que diferentes ámbitos y situaciones provocan efectos contrapuestos sobre la estructura de áreas cerebrales precisas. Mientras los paseos entre setos vegetales nos calman, las caminatas junto a rutas transitadas producen un resultado adverso.

La capacidad imprevista de los ecosistemas salvajes equilibrados para permutar las conexiones cerebrales y mejorar la sanidad emocional, la facultad de modificar el ánimo con una simple visita a un espacio verde, la posibilidad de “tratar” a eventuales pacientes mediante una terapia de paseos al aire libre, han intrigado a los científicos desde hace tiempo.

Una serie de experimentos realizados en la Universidad de Stanford ya ha verificado, si no demostrado, que los grupos de pacientes voluntarios que se sometieron a caminatas breves a través de predios ocupados con vegetación exuberante se mostraban, al cabo de algunas semanas, más atentos y más alegres que los grupos antagónicos que sólo circulaban por lugares densamente poblados y con abundante tránsito pesado.

La naturaleza humana, sugiere la investigación aplicada, demanda de más naturaleza y de más humanidad que las que proporcionan las urbes actuales con su dinámica constitutiva.

A estos antecedentes especializados –que sin embargo no examinan en detalle los mecanismos neurológicos subyacentes por los cuales la permanencia al aire libre en contacto con la naturaleza podría modificar a las estructuras cerebrales– se agregan nuevas pesquisas que examinan de cerca los efectos reales sobre los sistemas de neuronas “en vivo” mediante tecnología de punta.

Dentro del Programa Interdisciplinario Emmett en Medio Ambiente y Recursos de Stanford se han estudiado y se investigan las consecuencias de la vida urbana sobre las personas en sus aspectos psicológicos, neurológicos, endócrinos e inmunológicos, con una particular atención a los efectos sobre las personas que presentan tendencias hacia un comportamiento melancólico.

La melancolía en la naturaleza humana

La melancolía en la naturaleza humana.

La vida cotidiana en las ciudades contemporáneas provoca una mayor actividad en la región cerebral conocida como corteza prefrontal subgenual, responsable del procesamiento de la tristeza, lo que se traduce en grados variables de melancolía.

La melancolía es un estado mental con cuyas características estamos por lo común familiarizados. Quienes experimentan melancolía demuestran una propensión a pensar de un modo casi obsesivo y con abatimiento en los problemas personales internos y externos, que puede transformarse en un precursor de la depresión más profunda.

El término melancolía –del griego μέλας “negro” y χολή “bilis”– fue establecido en medicina por Hipócrates en la creencia de que se trataba de una forma de tristeza que se revelaba como un desequilibrio de la bilis negra, uno de los cuatro humores cardinales de la naturaleza humana, junto con la bilis amarilla, la sangre y la flema.

Los científicos cognitivos actuales describen al melancólico como un individuo con una tendencia mórbida al pensamiento recurrente y aflictivo sobre preocupaciones, justificadas o no, que lo conduce a un estado de ánimo deprimido acompañado de signos vegetativos irregulares y una anomalía en las funciones motrices.

En términos neurológicos, la melancolía se traduce como un trastorno sistémico identificable por estados de ánimo depresivos en diversas escalas, acompañados de un metabolismo anómalo del cortisol (una hormona esteroide generada como respuesta a bajos niveles de glucosa en sangre y, principalmente, al estrés) que se presenta bajo formas de depresión variadas y disímiles que abarcan desde la depresión retardada hasta la depresión posparto.

Según los estudios realizados en Stanford, los estados melancólicos son desproporcionadamente más comunes entre los habitantes de las grandes ciudades que entre las personas que viven fuera de las zonas urbanas; pero hay algo más sorprendente: la melancolía tiene una fuerte asociación con una profusión de actividad en una zona del cerebro conocida como corteza prefrontal subgenualo Área de Brodmann Nº 25 (BA25)– capaz de influir en las alteraciones del sueño y del apetito, los estados de ánimo y la ansiedad, la autoestima y la tristeza, pero de un modo decisivo en el procesamiento normal de la tristeza.

Ensayos sobre la naturaleza humana y la naturaleza salvaje

La naturaleza humana y la naturaleza salvaje.

Una rutina de caminatas diarias a través de espacios verdes frondosos y libres de ruidos urbanos favorece el pasaje hacia estados mentales más calmos, lo que repercute positivamente en la salud general del individuo.

Para la toma de muestras de la actividad del área subgenual se reunió a 38 habitantes urbanos adultos sanos, a los que se pidió que llenaran un cuestionario orientado a determinar su nivel normal de pensamiento melancólico mórbido, tras lo cual se realizó una exploración de la evolución eléctrica, celular y de irrigación sanguínea (a mayor volumen circulatorio corresponde una mayor actividad subgenual) de la BA25 en cada voluntario.

A continuación fueron seleccionados al azar los integrantes de dos grupos cuyos integrantes tenían que caminar en soledad y sin llevar reproductores de música ni otras distracciones durante 90 minutos diarios, cada individuo a su propio ritmo; un grupo debía desplazarse a través de un parque denso en vegetación, mientras que el otro debía hacerlo a la vera de una autopista de varios carriles en períodos de gran tránsito y con altos niveles de ruido.

Tal como se esperaba, las evaluaciones efectuadas al completar las caminatas mostraron que la actividad de la corteza prefrontal subgenual y las calificaciones de estado melancólico no se habían atenuado entre las personas que caminaron junto a la carretera, mientras que los voluntarios que pasearon por caminos arbolados y entornos naturales más silenciosos manifestaron mejoras leves en cantidad, pero significativas en calidad, respecto al muestreo preliminar.

Naturaleza humana: caminata en el parque.

RSE: Un sencillo paseo por un espacio verde, o una rutina de escape al campo, pueden cambiar de manera beneficiosa los modos de funcionamiento mental de quienes viven en las ciudades.

La comprobación de que la exposición a la naturaleza desvía buena parte del pensamiento recursivo y disminuye el flujo de sangre hacia el área subgenual refuerza la hipótesis de que encaminarse hacia entornos rurales o grandes espacios naturales abiertos puede ser la manera más simple e inmediata de mejorar los estados de ánimo de los habitantes de las ciudades.

Estas conclusiones iniciales señalan que la estimulación de los individuos a realizar periplos por espacios verdes abiertos debería ser uno de los compromisos básicos de las organizaciones con RSE respecto a su contexto.

Aunque estos resultados son determinantes en muchos aspectos, queda aún por precisar cuánto tiempo necesita permanecer cada persona en contacto con la naturaleza, cuáles son los factores del entorno que inducen a los estados de calma, qué mecanismos están involucrados en la creación de tales estados, cuánto influye la ausencia o la presencia de compañía en los paseos, y si es necesario caminar, o existen otras actividades capaces de elevar el ánimo de las personas.

Entre tanto, no parece desaconsejable para nuestra naturaleza humana urbana hacerse una caminata por el parque más cercano como para mitigar un poco el trabajo de la corteza prefrontal subgenual y disfrutar de los beneficios de un pensamiento menos sombrío.

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