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Fascinante Lola Mora (I)

Los argentinos, no sólo disputamos con otros países la nacionalidad de Gardel, la birome, el colectivo, el dulce de leche, también henchimos el pecho con Favaloro, Milstein, Leloir, Borges (quienes, en rigor, no consiguieron su prestigio en nuestra tierra); si esto no nos bastara, litigamos puertas para adentro –hasta hoy– sobre los orígenes territoriales de la escultora Dolores Candelaria Mora Vega de Hernández, la fascinante Lola Mora, como si el sitio de alumbramiento determinara al destino y el talento de una de las personalidades más atractivas del imaginario universal.


La irredimible y fascinante Lola Mora.

Estigmatizada como libertina, ligera, bisexual, aspirante fracasada a la masonería, Lola Mora trascendió por su personalidad a toda una obra en sí misma tan esplendorosa como monumental.

Era 1887, y San Miguel de Tucumán recibía a Santiago Falcucci y Pascual Farina, jóvenes artistas plásticos que llegaban desde Roma (Italia) para dictar clases en El Jardín de la República a instancias del presidente de la Nación, el tucumano Nicolás Avellaneda.

En julio de ese año, el Poder Ejecutivo Nacional nombraría a Falcucci, oriundo de Chieti en la región de Abruzos, que entraba en su tercera década de vida, catedrático de dibujo de la Escuela Normal y del Colegio Nacional de Tucumán.

“Paciente y metódica, apasionada por el conocimiento, interesada en la tecnología, polémica, voraz, desprejuiciada, con un ángel natural que dejaba su impronta en cada obra, Lola Mora sería admirada y despreciada con pasión.

Dolores Vega Mora, “Lola”, quien por entonces tenía 20 años y vivía en San Miguel desde los 4, comenzó a tomar clases particulares de dibujo y pintura con el Maestro Falcucci –quien la introduciría también en el retrato– con un objetivo claro: vivir de su talento.

Lola Mora era huérfana. Apenas 2 años antes, en septiembre de 1885, Romualdo Alejandro Mora Mora –su padre– había fallecido víctima de neumonía; 2 días más tarde, Regina Vega Sardina –su madre– de un “hipertrófico del corazón”, tal como consta en el acta de defunción (lo que hoy se denomina un infarto).

Ángela Mora (hermana mayor de Romualdo, fruto de la relación prematrimonial de sus padres) y el matrimonio formado casi de inmediato por Paula Justina Mora Vega (hermana mayor de Lola, de 25 años) y el ingeniero constructor alemán Wilhelm Rücker (autor del trazado de la Villa El Tala en 1873), se habían hecho cargo de los otros 6 vástagos, de los que Dolores era la tercera.

De la mano del Maestro

Los Gobernadores de la fascinante Lola Mora.

Retrato de Agustín Justo de la Vega, Ministro de Hacienda de Urquiza con licencia para ejercer la gobernación de Tucumán, integrante de la Galería de los Gobernadores de Lola Mora.

Gracias a las enseñanzas y los estímulos de Santiago Falcucci, y de acuerdo con un plan preciso, Lola pudo retratar a las personalidades destacadas de la sociedad tucumana del momento y vincularse con algunos de los poderosos que más tarde sufragarían su producción artística.

Era paciente y metódica, apasionada por el conocimiento, interesada en la tecnología, polémica, voraz, desprejuiciada, con un ángel natural que dejaba su impronta en cada obra, consciente de que la única manera de que disponía para trascender era recurrir a los mecenas del gobierno provincial, pero además nacional.

Cerca de un cuarto de siglo después de aquellos primero esbozos, la “Revista de Letras y Ciencias Sociales” de Tucumán (que se publicó entre 1904 y 1907) recogería un artículo evocativo de Santiago Falcucci sobre Lola Mora que daba testimonios valiosos sobre los comienzos de la carrera de la escultora, pintora, urbanista y excéntrica personalidad femenina.

A poco de iniciada en las artes, el revuelo se hizo mayúsculo en aquella provincia que todavía en el presente mantiene costumbres tradicionalistas rígidas y pacatas.

Lola era artista. Lola era joven. Lola era mujer.

Y por eso, Lola Mora sería admirada y despreciada con pasión, aunque todavía nadie imaginara lo que estaba por venir.

Una estrategia de autodisciplina talentosa

La fascinante Lola Mora en ropa de fajina.

Inconcebible siempre, durante las sesiones de trabajo en Europa, Lola usaba ropa gauchesca decorada con encajes, para desconcierto de curiosos y visitantes.

El primer dibujo a la carbonilla que realizó Lola Mora para la serie “Gobernadores” –que abarcaría a los hombres que se sucedieron desde la Organización Nacional de 1853 hasta 1894– fue el retrato de Delfín Leguizamón, obra cuyo rastro se perdió al ser adquirida luego en el exterior.

La elección de Leguizamón no era ingenua: el hombre, que a los 28 años había sido y sería hasta hoy el mandatario más joven de Salta, y por entonces transitaba su tercer período de gobierno, podía influir en un viejo litigio iniciado en la época en que Romualdo Alejandro Mora Mora se mudara a Salta por cuestiones de trabajo, y la veinteañera Lola necesitaba del gobernador para saldarlo.

El retrato de Delfín Leguizamón fue tan maravilloso que el mismísimo Maestro Falucci exclamó: “Era la copia de una fotografía, pero tenía todo de propio de individual en la factura. Lola Mora principiaba a revelarse”. El plan comenzaba a urdirse.

El 9 de julio de 1894, Lola expuso la serie completa en la Escuela Normal de Maestras de San Miguel de Tucumán, una colección de 20 carbonillas que llevó al diario local El Orden a editorializar: “Es la obra quizás de más aliento de cuantas se han llevado a la exposición. […] Muchos de ellos son algo más que un retrato, son verdaderas cabezas de estudio, de franca y valiente ejecución”.

Cautivadora y fascinante Lola Mora: aún polémica.

Fragmento de una fotografía de Lola Mora de origen y data desconocidos, tomada probablemente durante su estadía en Italia.

Los retratos de los “Gobernadores” le dieron fama y prestigio; luego de exponerlos profusamente, los donó a Tucumán, junto con una nota en la que hacía votos por la prosperidad de la que nombraba “mi provincia” y que para muchos diera inicio a la polémica sobre el origen de Lola Mora.

La Cámara de Diputados tucumana valoró el trabajo de la artista –que se conserva íntegro en el Museo Histórico de la Provincia Presidente Dr. Nicolás Avellaneda– en 5 mil pesos, que le fueron entregados con la firma y el aval del gobernador interino Agustín S. Sal García.

Convertida en una celebridad provincial, viajó a Buenos Aires para tratar de gestionar una beca de la Sociedad de Estímulo de Bellas Artes que le permitiera terminar de desarrollarse en su disciplina en el Viejo Continente. Era julio de 1895 y el plan de Lola Mora parecía llegar a destino.

El presidente de la Nación José Evaristo Uriburu, natural de Salta, otorgó a “Dolores C. Mora, durante dos años, la subvención mensual de cien pesos oro, para que perfeccione sus estudios de pintura en Europa” un año más tarde, el 3 de octubre de 1896.

Disputas de pertinencia

Fascinante Lola Mora, ¿nacida en El Tala?

Ingreso a la localidad de El Tala, durante un acto de entrega de viviendas del gobernador Urtubey en noviembre de 2012, con el lema “Cuna de Lola Mora” en letras de hormigón, valga la paradoja.

Romualdo Alejandro Mora Mora, padre de Lola, había nacido en San Miguel (Tucumán) el 27 de febrero de 1835. Hijo de Dolores Mora y Romualdo Mora Moure (a la sazón –se diceprimos unidos en matrimonio ad cautelam el 29 de agosto de 1834 en la Catedral provincial), al morir su padre en 1851 solicitó el derecho a usufructuar sus bienes (aún era menor de edad), lo que fue satisfecho por el Defensor General de Menores, don Nicolás Avellaneda, luego presidente de la Nación entre 1874 y 1880. “Es notoria en este pueblo la carencia de ocupaciones útiles a que puede dedicarse un joven para instruirse en el manejo de los intereses que más tarde ha de tener que administrar”, consignó Avellaneda en el acta que le concedía al joven una casa, un terreno mínimo, algunas reses y una pulpería. Dedicado a la explotación rural, en 1857 se instaló en la vecina provincia de Salta para dedicarse a la producción agropecuaria.

Regina Vega Sardina, madre de la artista, había nacido en El Tala (departamento La Candelaria, Salta), en el seno de una familia de estancieros de la zona provenientes de Guachipas (Salta) y Tarija (Bolivia): Benigno Vega y Paula Sardina. Fue allí donde conoció a Romualdo Mora Mora, con quien se casó 2 años después en la parroquia vecina de San Joaquín de las Trancas (cabecera del departamento de Trancas, Tucumán) el 16 de marzo de 1859. Cuatro años mayor que su esposo, había tenido un hijo extramarital, fruto de una relación previa, de quien no han quedado registros.

Si bien el matrimonio se celebró en Trancas, un pueblo un poco más grande, la familia permaneció siempre afincada en El Tala por 11 años, antes de mudarse a San Miguel en 1870 en busca de un futuro mejor para sus descendientes. En marzo de 1860, Romualdo Mora Mora fue designado Juez de Paz titular del incipiente partido “Río Tala”; ese mismo año adquirió la propiedad de las haciendas “Río del Tala” y “Campo de los Mogotes”, en tanto llegaba su primera hija, Paula Justina. Para 1864, Romualdo era el Jefe Político del departamento La Candelaria.

Entre Tucumán y Salta

¿Salta o Tucumán? ¿Dónde nació la fascinante Lola Mora?

Típica casa colonial con techos de teja, gruesas paredes de adobe y galería donde se afirma nació y se sabe que vivió hasta los 4 años de edad Lola Mora, ubicada en el departamenteo La Candelaria, provincia de Salta.

Dice el acta bautismal (también bautismo de óleo y crisma) del 22 de junio de 1866 labrada en en la localidad de Trancas, al norte de la provincia de Tucumán, que Dolores Candelaria Mora Vega fue dada a luz el 22 de abril de 1867.

“Los primeros pasos artísticos dee Lola Mora fueron dados en Tucumán bajo la mirada atenta de un maestro italiano; la historia grande se desarrolló en Europa y se extendió como una sucesión de éxitos que los argentinos supimos convertir en fracasos.

Sin embargo, hay una buena parte de la biblioteca que da por cierta la versión de que Lola se decía nacida al sur de la provincia de Salta, en El Tala, el 17 de noviembre de 1866, lo que parece verosímil porque ambos pueblos están separados por menos de 15 km, al un lado y otro del río Tala, límite natural entre sendas provincias, conocido aguas arriba como río Anta y aguas abajo como Salí.

Para agregar más condimento a la disputa, buena parte del territorio de la provincia de Salta estaba por entonces bajo la jurisdicción del Obispado de Tucumán.

Si la hipótesis salteña necesitaba un respaldo, éste vino del mismísimo Congreso de la Nación Argentina que mediante la  ley 25.003 de 1998 fijó al 17 de noviembre como el “Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas” al tiempo que creó los “Premios Lola Mora”.

La polémica sobre el lugar exacto de nacimiento de Lola Mora es tan ociosa como pueril y no hace a la historia más que como anécdota provinciana. Pero ambas provincias se disputan el detalle aun en pleno siglo 21.

Lo más probable es que el parto tuviera lugar en medio del campo, en una casa de la hacienda de los Mora Vega ubicada en la finca hoy denominada “El Dátil”, antes llamada “Las Moras” (fusión de dos campos de Romualdo Mora Mora) al noreste de El Tala, donde su tío abuelo Ramón Cañavera le dio “bautismo de socorro” en una fecha incierta sobre el final de 1866, hecho éste que consta en el acta de 1867 signada por el cura José Torres, que no indica el lugar de nacimiento de Lola.

Todo lo demás es burocracia, rivalidad y puntillismo absurdo, intrascendente.

Los primeros pasos artísticos de la fascinante Lola Mora fueron dados en San Miguel de Tucumán –si eso importa– bajo la mirada atenta de un maestro italiano; la historia grande se desarrolló en Europa y se extendió a la Argentina como una sucesión de éxitos que los argentinos supimos convertir en fracasos fragorosos, acaso por aquello de que nadie es profeta en su tierra.

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