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Energía renovable en América Latina

Durante siglos, los recursos naturales de América Latina han ayudado a movilizar a la economía mundial: desde los galeones atiborrados de oro y plata que financiaron al Imperio de España, hasta las exportaciones de hierro, cobre y productos agropecuarios para la reconstrucción de la economía China, los bienes provenientes de la región se han comercializado de modos desiguales en todo el mundo. Pero en el presente, el crecimiento en la generación de energía renovable en América Latina ha creado un nuevo fenómeno: la explotación de esos recursos –también naturales– para apuntalar el crecimiento económico interno.


Energía renovable en América Latina: De los galeones españoles a los bancos chinos.

Energía renovable en América Latina: De los galeones españoles a los bancos chinos.

El aprovechamiento ordenado de los recursos renovables es, sin embargo, incipiente. En materia de energía, el conjunto de naciones que se reconoce ambigua y popularmente como América Latina es todavía muy dependiente de otro de sus recursos naturales abundantes –el petróleo– que, sin embargo, provoca una notable huella de carbono, genera calor en exceso, contamina el medio ambiente y va camino al agotamiento.

Las energías alternativas van imponiéndose a un ritmo que desafía aun a los pronósticos más optimistas, mientras se espera que la tendencia continúe y se consolide

América Latina representa más del 20% de las reservas de petróleo del Planeta (Venezuela a la cabeza con el primer puesto mundial, pero Brasil, México y Ecuador en los sitiales 15, 17 y 18, Argentina en el lugar 29, y Colombia y Bolivia en las posiciones 31 y  45) lo que la convierte en la segunda región petrolera más importante del mundo.

Lejos de ser un beneficio, las existencias de combustibles fósiles líquidos (hidrocarburos) han vuelto a nuestros países dependientes en extremo de esta fuente energética, al punto de comportarnos como verdaderos adictos al “oro negro”. Sólo el uso del petróleo y sus derivados significó el 46% del consumo de recursos para el suministro total de energía primaria de la región en 2013, muy por encima del promedio mundial, que fue del 31%.

Claro que para la realidad de nuestros estados regionales, en especial aquellos con economías más pequeñas o que no se han visto “bendecidos” con yacimientos petrolíferos, urge a encarar la búsqueda de fuentes de energía alternativa más asequibles, baratas y con una disponibilidad que se extienda hacia el futuro sin menoscabar su calidad de existencia.

Energía renovable en América Latina: generadores eólicos en Honduras.

La extraordinaria inversión en energía renovable de 2015 fue de U$S 285.900 millones, de los cuales, la suma de los gigantes China, India y Brasil, destinó en su conjunto U$S 156 mil millones. Honduras fue el 4º país de América Latina que más invirtió, con unos US$ 567 millones.

Los países con mayor población, como Argentina (43,8 millones de habitantes), Brasil (207,1 millones de habitantes), Colombia (49,1 millones de habitantes), México (122,9 millones de habitantes), Perú (31,6 millones de habitantes) y Venezuela (31,2 millones de habitantes) poseen una estructura y una infraestructura de transporte basadas en el uso intensivo de vehículos con un elevado consumo de combustibles derivados del petróleo por unidad de carga, como los camiones, los ómnibus y los automóviles, en desmedro de los ferrocarriles, las naves y otros medios menos dispendiosos.

Pero de unos años a esta parte, la realidad ha comenzado a cambiar, y las energías alternativas van imponiéndose a un ritmo que desafía aun a los pronósticos más optimistas, mientras se espera que la tendencia continúe y se consolide: para el inicio de la década de 2020, las proyecciones indican que, de seguir así, el 80% del crecimiento de la producción de energía renovable en América Latina llegará de la mano de generadores eólicos y solares.

La revolución de la energía

Energía renovable en América Latina: Chile es el líder en energía solar.

Según datos del Centro de Colaboración para la Financiación de Clima y Energía Sostenible del programa de Medio Ambiente de Naciones Unidas, los países que encabezan las inversiones en energía renovable en América Latina son Brasil, México, Chile y Uruguay, mientras que al final de la lista quedan Argentina, Colombia y Venezuela.

A fuerza de inventiva y a contrapelo de su propia inercia, América Latina ha logrado grandes avances en la exploración de sus increíbles recursos eólicos, solares, geotérmicos y de biocombustibles en el transcurso de los últimos años, y ahora está en el camino hacia la cúspide de una revolución energética que puede remodelar la región y crear una gran cantidad de oportunidades comerciales.

Prácticamente, ninguna de las nuevas plantas de energía a gran escala de América Latina podrá ser impulsada por combustibles fósiles: carbón, gas, petróleo.

Los proyectos de investigación y las pruebas piloto para conseguir la viabilidad de las ideas relacionadas con la energía renovable en América Latina para diversificar las matrices regionales y materializarlas a través de inversiones en hidroelectricidad, en energía de origen biológico y en aprovechamiento de la fuerza del viento, están en el tope de las prioridades nacionales y se respaldan con convenios de integración multilateral.

Por lo pronto, el sector de la generación eléctrica de América Latina ya ha empezado a desvincularse de su dependencia del petróleo. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se espera que la región casi duplique su producción de electricidad para 2040, al tiempo que necesitará unos 1.500 TWh (teravatios hora) adicionales de energía para desenvolverse, es decir, 1.500.000.000.000 kWh, cantidad suficiente para alimentar toda la red eléctrica del Reino Unido durante cinco años.

Los países de América Central y el Caribe, que tradicionalmente estaban obligados a importar hidrocarburos, fueron los primeros en alejarse de las plantas de energía basadas en combustibles derivados del petróleo después de sufrir una década entera de precios altos y volátiles a principios de este siglo 21.

En algunos casos, como en República Dominicana, eso significó un cambio del petróleo al carbón, que representa el 5% de suministro total de energía primaria de América Latina y el Caribe, aunque las crecientes objeciones ambientales suponen que es muy poco probable que prosperen nuevas plantas de carbón en los países latinoamericanos de cara al futuro.

Energía renovable en América Latina: planta solar termoeléctrica.

La energía proveniente del Sol también puede servir para la generación termoeléctrica limpia mediante espejos colectores que la proyectan sobre una antena para producir vapor y mover turbinas convencionales.

Prácticamente, ninguna de las nuevas plantas de energía a gran escala de América Latina podrá ser impulsada por combustibles fósiles (carbón, gas, petróleo), lo que abre el campo para las diferentes tecnologías en experimentación, apoyadas en recursos renovables, más eficientes, menos contaminantes y con costos asequibles.

Instalaciones productoras de biocombustibles, plantas generadoras basadas en gas natural, granjas eólicas de gran escala, colectores térmicos y fotovoltaicos de energía solar, turbinas hidroeléctricas diversificadas de alta tecnología, y sistemas de generación híbridos que combinan alternativas para producir electricidad barata, son las áreas de máxima prioridad a las que debe prestárseles la debida atención.

Del otro lado de la cadena, las alteraciones drásticas en las modalidades de consumo acompañan a estos esfuerzos con métodos de iluminación austeros en extremo –en particular con las tecnologías de luz electrónica (LED)– y programas de sustitución de maquinarias de combustión interna por motores eléctricos. La aceleración de estos procesos podría disminuir la expectativa prevista en la demanda energética, con las ventajas consiguientes.

RSE para aprovechar la energía renovable en América Latina

Energía renovable en América Latina: las deudas pendientes.

De poco sirven los avances en la generación de energía renovable en América Latina si sus frutos continúan inaccesibles para el grueso de la población de los países de la Región.

La Responsabilidad Social Empresaria (RSE) juega un papel fundamental en la gestión de políticas de estado para la generación de energía renovable a través de los avances tecnológicos que hacen posible aprovechar de manera inteligente la existencia de aquellos bienes que provocan menos daños al Planeta y cuya disponibilidad en el tiempo puede garantizarse con racionalidad.

Las iniciativas innovadoras representan una competencia arrasadora para los proyectos convencionales porque, no sólo son más eficientes y menos agresivas para el medio ambiente, sino que alcanzan precios muy por debajo de los estándares.

Expandir la cobertura y la calidad de los servicios tales como el gas natural y la electricidad, impulsar la financiación de programas para mejorar la eficiencia, promover la integración más allá de las fronteras, y diversificar la matriz energética a través de la explotación sustentable en el largo plazo de fuentes –sobre todo renovables– de energía a menor costo, son misiones esenciales que deben ser acompañadas por la RSE de los líderes locales y regionales.

Los países de América Latina y el Caribe poseen abundantes recursos energéticos que van, desde los hidrocarburos y las fuentes naturales para la generación de hidroelectricidad, hasta los biocombustibles y la fuerza de los vientos, pero esta riqueza no está distribuida en forma pareja, ni entre el conjunto de naciones, ni en el acceso de la población a sus beneficios.

A principios de 2018, más de 34 millones de personas no podían disfrutar de los servicios eléctricos básicos más modernos. Como contraparte, las importaciones de combustibles fósiles y sus derivados se llevaban una porción cada vez más considerable de los presupuestos, en particular los de los países más desfavorecidos, en tanto los productores menoscababan las necesidades de consumo interno para beneficiar y hasta subsidiar la exportación de recursos.

Es tan importante procurar la generación de energía limpia, como asegurar su distribución equitativa para resolver los problemas más elementales que hacen a la calidad de vida de nuestras sociedades, ya sea en las áreas urbanas con sus diferentes densidades de ocupación territorial, como en las zonas rurales que la necesitan para optimizar la producción agropecuaria.

Energía renovable en América Latina versus hidrocarburos.

América Latina posee más del 20% de las reservas de petróleo del Planeta, con Venezuela a la cabeza en el primer puesto mundial, pero Brasil, México, Ecuador, Argentina, Colombia y Bolivia en posiciones destacadas.

Las iniciativas innovadoras representan una competencia arrasadora para los proyectos convencionales porque, no sólo son más eficientes y menos agresivas para el medio ambiente, sino que alcanzan precios muy por debajo de los estándares ofrecidos en las licitaciones tradicionales: las todavía llamadas “fuentes alternativas” ya no requieren de subsidios para ser viables.

En 2016, Alphabet –la compañía dueña de la gigante Google– hizo la primera compra de energía renovable en América Latina a la empresa española Acciona, constructora de la planta Solar El Romero en en el desierto de Atacama, con más de 20 años de presencia en Chile. Un año más tarde, el 100 % de la energía eléctrica consumida para sus operaciones globales en más 150 ciudades en casi 60 países era de origen eólico y solar.

Sobre el final de 2017, comenzó a construirse en las inmediaciones de la localidad de Cauchari, provincia de Jujuy, Argentina, el parque de energía solar más grande de América Latina, con una inversión de más de 400 millones de dólares, la mayor parte de la cual proviene del banco Export-Import Bank of China a través de una línea de crédito a tasa preferencial. La fecha de inauguración está prevista para mayo de 2018.

Transporte y energía renovable en América Latina

Transporte y energía renovable en América Latina.

El balance energético ha sido, es, y por un tiempo seguirá siendo favorable al empleo de hidrocarburos derivados del petróleo en el transporte en general.

En lo que respecta al transporte, es probable que el empleo de motores alimentados con combustibles basados en el petróleo mantenga su posición de privilegio durante algún tiempo que no parece ser demasiado, pero tampoco exiguo.

El grueso de la arcaica flota de transporte de América Latina, compuesta en gran medida por modelos ya obsoletos en EE. UU. y Europa, o por vehículos de tecnologías más antiguas producidos localmente, permanecerá muy por detrás en cualquier transición.

Las fuentes de energía renovable alternativas, en particular las de origen solar y eólico, son por definición de disponibilidad variable, y no pueden almacenarse en cantidades apreciables sin ocupar grandes espacios, demandar tecnologías prohibitivamente onerosas e intrínsecamente pesadas, que no pueden competir con los combustibles líquidos tradicionales y el gas.

Los autos eléctricos e híbridos no han logrado aún tener un impacto global considerable, y en América Latina apenas están presentes como lujos exóticos. Es cierto que Brasil ha logrado, desde el inicio del último cuarto del siglo 20, avances impresionantes con alternativas de etano obtenido de desechos vegetales, pero el petróleo y sus derivados siguen siendo la opción número uno para movilizarse.

El grueso de la arcaica flota de transporte de América Latina, compuesta en gran medida por modelos ya obsoletos en EE. UU. y Europa, o por vehículos de tecnologías más antiguas producidos localmente, permanecerá muy por detrás en cualquier transición hacia vehículos eléctricos durante, al menos, el mediano plazo.

Los intereses de las automotrices fabricantes de vehículos con motores de combustión interna para mantener el statu quo se combinan, desde hace más de 5 décadas, con los de las constructoras y adjudicatarias de la explotación de caminos, rutas y autopistas, y los de las complejas estructuras de provisión de insumos del conjunto.

Los avances tecnológicos, de cualquier manera, siempre parecen sacar ases de la manga y lo revolucionan todo; 40 años atrás, nadie habría previsto el mundo de dispositivos móviles interconectados que hoy nos parece natural, y que se habría juzgado materialmente irrealizable, cuando no utópico, con los conocimientos de entonces; los simpáticos drones que pululan por aquí y por allá mirando a la vida desde arriba, no podían pensarse, porque habría sido imposible levantarlos un sólo centímetro del suelo.

No todo el mundo sabe que Argentina, Bolivia y Chile acumulan el 85% de reservas de litio del Planeta. Las baterías de iones de litio (Li-ion) que se utilizan en la mayoría de los dispositivos portátiles de hoy, permiten el almacenamiento de energía eléctrica en unidades de bajo peso, tamaño pequeño, elevada capacidad y excelente resistencia a la descarga, menor “efecto memoria”, un elevado número de ciclos de regeneración, y muy un alto rendimiento.

Materiales novedosos y con cualidades escalofriantes, como el grafeno, pueden sorprendernos y abrir el futuro hacia una matriz de transporte disruptiva más amigable con la vida en el planeta Tierra, menos contaminante, más económica y más eficiente en proporciones geométricas. El grafeno es capaz de absorber con rapidez formas de energía cinética como la luz, el calor y la electricidad, y retenerlas en su modo potencial en baterías recargables ultralivianas muy diferentes a las que conocemos, para volver a convertirlas y usarlas según se necesite, y ésto es sólo el principio.

Una pesada herencia

No todo brilla en energía renovable en América Latina.

La sustitución de energía contaminante no renovable significa la entrada en una enorme polémica respecto a de qué manera enfrentar la reconversión necesaria sin producir más daños que beneficios.

La revolución de la energía renovable en América Latina, con sus alternativas deslumbrantes, da lugar a una discusión fogosa e intensa –sazonada por las actuales políticas energéticas agresivas del presidente estadounidense Donald Trump– sobre cómo será el futuro de la energía en relación con el presente tangible de una capacidad instalada de infraestructura que no puede soslayarse.

Las preguntas sobre qué sucederá con las obras y servicios existentes (y las masas de trabajadores que dependen de manera directa de su funcionamiento y comercialización) si se reformula la matriz energética y entran en obsolescencia, todavía no consiguen ni un atisbo de respuesta.

Está claro que, por mucho tiempo más, existirán redes eléctricas tales y como las conocemos; lo que no resulta tan palmario es cómo se financiará esa subsistencia en un futuro donde los usuarios podrán generar su propia energía.

Y no es sólo el carácter más o menos vetusto de las tecnologías tradicionales, sino además las modalidades singulares delas flamantes alternativas lo que desequilibra el panorama. Las nuevas tecnologías son, además, modulares, con lo que la generación de energía podría independizarse de los grandes sistemas de distribución (que dejarían de tener sentido) para circunscribirse a grupos de viviendas e incluso a usuarios individuales.

¿Qué sucederá con la infraestructura eléctrica construida, cada vez más interconectada (y con una intensiva vinculación con Internet para estabilizar y racionalizar su funcionamiento)? ¿Cuáles son los niveles de vulnerabilidad de los sistemas de generación, transporte y distribución de electricidad frente a atentados terroristas y –peor– ciberataques? ¿Cómo se traduce todo esto en los costos del suministro?

Las redes eléctricas corrientes se parecen en mucho a las redes de telefonía fija o a las redes informáticas de la última mitad del siglo 20, en las que la capa física (las centrales, los conmutadores, y por sobre todo el cableado) cumplía una función esencial y representaba una parte fundamental de las inversiones.

Energía renovable en América Latina: un futuro híbrido.

Las disparidades en la generación y el consumo de energía, con independencia de su origen, parecen llevarnos hacia un modelo híbrido en el que convivirán modalidades opuestas, pero convergentes.

Con el advenimiento de las redes inalámbricas o redes virtuales (celulares, wi-fi, Internet) sobre el fin de la centuria, la enorme masa de infraestructura que constituía esa capa física se volvió innecesaria y obsoleta, y transformó para siempre a la modalidad generalizada de uso, que se hizo móvil y dejó de estar sujeta a los cables.

Está claro que, por mucho tiempo más, existirán redes eléctricas tales y como las conocemos; lo que no resulta tan palmario es cómo se financiará esa subsistencia en un futuro donde los usuarios podrán generar, y además almacenar de modo aceptable, su propia energía, y ya no representarán una fuente masiva de ingresos para las empresas generadoras, transportadoras y distribuidoras del fluido.

Las alternativas innovadoras para la generación de energía renovable en América Latina, por otra parte, necesitan sistemas inteligentes para poder lidiar con las variaciones en la disponibilidad de recursos a partir de predicciones meteorológicas y ambientales precisas –evolución de los niveles de luz solar, volúmenes de lluvia, intensidad y dirección de los vientos– que son cada día más confiables y certeras.

La salida más razonable parece ser una matriz híbrida de generación convencional y generación alternativa que trabaje integrada y de manera sinérgica, en la que los comportamientos estocásticos de la disponibilidad de recursos y del consumo sean manejados por sistemas inteligentes capaces moderarlos y de modelarlos para mantener un equilibrio más o menos constante, sostenible y perdurable.

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