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Donald Trump campeón de oratoria explosiva

Dicen quienes estudian sus facetas públicas, que Donald Trump, campeón de la descortesía, no es un simplón: sólo es un hombre instruido que se expresa como mentecato para conseguir lo que quiere. El magnate –cuyo apellido puede traducirse tanto “triunfo” como “flatulencia”– que se popularizó a escala global a través del reality show de la cadena NBC “The Apprentice” y desde el 21 de julio de 2016 es candidato presidencial por el Partido Republicano en EE.UU., se resiste a las palabras con demasiadas sílabas, a las oraciones complejas y a todo lo que pueda contrariar a su fluidez verbal en una entrevista, en una conferencia de prensa, o en un debate.


Donald Trump campeón de la imprecación salvaje.

De manera cíclica, los países y sus pueblos retornan cada tanto a estadios más o menos primitivos, como si quisieran recuperar el modo cuasi salvaje de nuestros lejanos ancestros, despojado de modales y de un vocabulario que exceda las meras interjecciones: Donald Trump expresa esa regresión con un éxito singular.

Como fórmula para la elocuencia exquisita, Donald Trump campeón del arrebato público prefiere vincular bloques de palabras cortas en bloques a su vez cortos para crear frases cortas en bloques que luego amontona en bloques de párrafos cortos. El resultado de las elecciones oratorias de Trump –está claro– nunca hará literatura, pero comunica.

En los inicios del siglo 20, el escritor, filósofo y lingüista inglés Charles Kay Ogden creó una especie de sublenguaje al que llamó Inglés Básico, compuesto por apenas 850 palabras; en los debates con los precandidatos del partido Republicano, Trump utilizó con éxito un léxico bastante más austero para responder a las preguntas del moderador.

“El lenguaje de Trump descansa en voces sonoras como very (muy) y great (gran) junto a pronombres egocéntricos como we (nosotros) y I (yo, su palabra favorita).

Sometida su retórica al difundido examen de Flesch-Kincaid, el presidente de la Trump Organization y fundador de la empresa de hoteles y juegos de azar Trump Entertainment Resorts –hoy fuera de su égida– alcanzó un nivel equivalente a un alumno de 4º grado de escuela primaria en sus inicios políticos que, lejos de amilanarlo, lo llevó a caer hasta el tercer grado en los debates sucesivos.

Lo que para cualquier líder habría significado el destierro eterno de las lides de la política, para Donald Trump supuso agenciarse de un locuacidad avanzada que acabó por colocarlo en la candidatura presidencial.

Mientras Ted Cruz llegaba al 9º nivel, Ben Carson, Mike Huckabee y Scott Walker se hacían de un 8º grado y John Kasich se desplomaba hasta el 5º, Donald Trump campeón de la sinopsis aplanaba más y más su inglés por debajo de lo tolerable.

Donald Trump campeón de la elocuencia

Donald Trump campeón de la fascinación simplista.

La infrecuente –por inédita y extravagante– expresividad del empresario del cabello indócil, popularizado como The Donald por su ex exposa nacida checoslovaca Ivana Zelnícková, le ha ganado más adherentes que la parsimonia de sus copartidarios.

El lenguaje de Trump descansa en voces sonoras como very (muy) y great (gran) junto a pronombres egocéntricos como we (nosotros) y I (yo, su palabra favorita), al tiempo que denigra a su adversario con epítetos llanos como loser (perdedor), total loser (perdedor absoluto), hater (resentido), dumb (tonto), idiot (idiota), moron (tarado), stupid (estúpido), dummy (imbécil) o disgusting (repugnante), cuando quiere ser afable.

“El déficit verbal del oponente de Hillary Clinton en la carrera por gobernar al país más poderoso del planeta no le acarrea ningún tipo de contratiempo político.

El líder inmobiliario republicano no puede abrir la boca sin presumir, de manera asaz extravagante, sobre lo inteligente que es, la excelencia de sus proyectos empresarios, la brillantez de sus programas de televisión; se exterioriza a la manera en que lo hacía el campeón Muhammad Ali en su mejor momento, excepto que el mítico boxeador siempre bromeaba (inclusive cuando tenía razón), mientras Donald Trump campeón de nada cree a pie juntillas en todas sus afirmaciones (a menudo erradas) como si estuviese afectado por un trastorno de visión binaria que hace que todo se vea grandioso o francamente podrido.

El déficit verbal del oponente de Hillary Clinton en la carrera por gobernar al país más poderoso del planeta, demasiado notable para el público educado promedio, no le acarrea ningún tipo de contratiempo político: por el contrario, todos los medios y tomadores de encuestas señalan que su dependencia excesiva de las metáforas deportivas y bélicas en cada declaración pública inspira en fracciones crecientes de las audiencias más confianza que desconfianza.

La fórmula de la simpleza

Donald Trump campeón del encantamiento de masas indignadas.

Al paladín de la seducción no lo incomoda meterse con China o con México, países en los que EE.UU. tiene grandes aunque diversos intereses, ni jactarse de haber evadido y evadir impuestos, con tal de imponer un discurso binario que no deja lugar para quienes dudan.

El rechazo de Trump hacia la complejidad que acepta matices, y hacia las normas de lo políticamente correcto (que lo separan de la pompa altisonante de sus competidores) lo hacen aparecer como más auténtico frente al escrutinio público, y le dan más credibilidad como guardián frontal del modo de vida Americano, para el que “menos es más” en términos de vocabulario.

En general, en vez de buscar palabras inteligentes o expresiones originales, hurga en lo más bajo para destacar aquello a lo que apunta, y demoler cualquier retórica; cuando no las encuentra, recurre a lugares verbales comunes como “OK” y “disculpas”, o se pregunta en busca de sus propias respuestas “¿cómo nos ayudará esto?”, “¿sabían que…?”, o “¿saben por qué…?”.

“—Mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, y todos lo saben. Por favor, no se sientan estúpidos o inseguros por eso; no es su culpa.

Claro que la comunicación no sólo se trata de saber escribir o hablar, de tal manera que la puntuación de Flesch-Kincaid puede ser inexacta e imprecisa para calificar al candidato del partido del elefante; ejemplo de ello pueden ser muchos textos de Mark Twain, como Las Aventuras de Huckleberry Finn, en los que el genial escritor se las arreglaba para desbrozar la enorme complejidad de la vida estadounidense del siglo 19 en palabras sencillas.

Pero mientras Twain dominaba un vocabulario casi ilimitado y podía construir giros de un ingenio sutil y punzante en cada frase sin perder la fluidez, Trump carece siquiera de la menor virtud verbal; los personajes de Twain hablaban en sus propios dialectos con una dicción en la que no había ningún rasgo de la voz del autor, en tanto el mediático postulante apenas masculla improperios.

¿Genio o idiota?

Donald Trump campeón de la misoginia fóbica de los colectivos.

No sólo insultó a Megyn Kelly por rebatrilo: través de su cuenta de Twitter, Donald Trump aseguró que si Hillary Clinton no pudo satisfacer convenientemente a su marido, “¿cómo pretende satisfacer a Estados Unidos?”.

Sería un notable error, sin embargo, interpretar a las bajas puntuaciones lingüísticas de Trump como un síntoma de escasez o ausencia de inteligencia: por el contrario, su historia profesional indica que posee una impresionante capacidad para inspirar, negociar, vender y fascinar, a veces hasta el engaño, de maneras sobradamente penetrantes.

Donald Trump campeón del lenguaje arjoniano puede también de invocar a la menstruación sin sonrojarse para tratar de denigrar a una mujer, si en su juicio ésta le resta estatura: en una aparente incapacidad para expresarse, caben incidentes que merodean lo soez, como decir que la moderadora del debate del canal Fox News, la periodista Megyn Kelly “sangra por los ojos como sangra por ‘su lo que sea’”, después de ser vapuleado con preguntas sobre su sus posturas sexistas.

Cualquiera sea el resultado de las elecciones de noviembre, es innegable que lo que se conoce como “Trumpspeak” ha provocado una inflexión en la tradición política, publicitaria y psicológica acerca de cómo captar los favores de las audiencias, y que su impronta marcará durante un largo tiempo las agendas de los líderes de su país, del nuestro, y del resto del mundo.

Donald Trump campeón entre comillas

Donald Trump campeón entre comillas.

En su batalla contra el mundo, el aspirante a ocupar la Casa Blanca endurece su discurso contra los periodistas, las mujeres que lo denuncian por conductas inapropiadas, y contra la familia de su rival Hillary Clinton, a quien califica de criminal.

Donald Trump campeón de las frases desafortunadas, ha hecho de ellas un modo triunfante de avasallar a quienes se le oponen y, vez tras vez, renueva la virulencia retórica contra la avalancha de críticas y denuncias que le llegan desde todos los flancos, incluidos los miembros de su propio partido.

De hecho, Paul Ryan, el líder del Partido Republicano en Washington –un referente prestigioso del pensamiento conservador en la Unión– llegó a afirmar que no votaría por Trump, a lo que el aspirante presidencial retrucó con munición pesada.

Como si fuese un animal herido, responde con ataques feroces; a la manera de un jugador al que la suerte le es esquiva, redobla sus apuestas con menos que nada en las cartas y en las fichas; en lugar de moderar el tono, se torna más agresivo y denuncia complots a diestra y siniestra.

“¿Sabes? No importa lo que los medios digan en tanto tengas un joven y hermoso pedazo de culo para ti.

Aunque nominado formalmente por la convención republicana, se comporta como si fuese un candidato independiente, señala deslealtad de parte de los miembros del partido, y escribe tweets demoledores: “Qué bueno que me han liberado de los grilletes y ahora puedo luchar por América como yo quiero”, síntoma inequívoco de que no siente ni deber ni respeto por el partido.

La espiral de palabrotas y descalificaciones incendiarias, por razones opuestas, hace las delicias de sus fieles y de sus detractores, pero el electorado moderado no deja de observarlo con pavor.

Valgan algunos ejemplos al azar de un discurso que puede por igual llevarlo a la Casa Blanca o a la autodestrucción:

—Una fuente extremadamente creíble llamó a mi oficina y me aseguró que la partida de nacimiento de Barack Obama es falsa. (Sobre la nacionalidad del presidente de EE.UU. que Trump afirmaba no era estadounidense)

—Nuestro gran presidente afroamericano no ha logrado precisamente un impacto positivo sobre estos matones que feliz y abiertamente destruyen Baltimore. (Tweet sobre quienes causaron disturbios callejeros en 2015 para protestar por el asesinato de Freddie Gray, un joven de raza negra, a manos de la policía de Baltimore)

—Cuando eres una estrella, te dejan hacerles cualquier cosa, agarrarlas de la vagina [en público], o lo que sea. (Sobre las participantes mujeres de “The Apprentice”)

—Si Ivanka no fuera mi hija, estaría saliendo con ella. (Sobre quien es fruto de su relación con Ivana Zelnícková)

—Yo de verdad entiendo de belleza, y te diré algo, yo que creo mis propias Miss Universo, yo que soy el dueño de Miss USA, me refiero a que soy el propietario de un montón de cosas diferentes: yo entiendo de belleza, y ella no lo es. (Sobre la actriz Angelina Jolie, enfrentada con su padre John Voight).

—¿Sabes? No importa lo que los medios digan en tanto tengas un joven y hermoso pedazo de culo para ti. (Sobre las críticas de la prensa a su desenfado y, es obvio, sobre su idea acerca de lo que para él significa una mujer, incluida su hija)

—Cuando México nos envía su gente, no nos manda a los mejores. No mandan gente que tiene muchos problemas y que nos traen sus problemas a nosotros. Traen drogas, traen crimen, son violadores y algunos, presumo, puede que sean buena gente. (Sobre sus ideas acerca de la inmigración mexicana, legal o ilegal)

—Voy a construir un enorme muro –y créeme que nadie construye muros mejor que yo– y lo haré muy económico. Voy a construir un gran, gran muro en nuestra frontera sur, y haré que México pague por ese muro. Anoten. (Sobre cómo combatir a la inmigración mexiacana que se filtra a diario atravesando el desierto)

—Si yo produjera [el show televisivo] “The View” ya habría echado a Rosie O’Donell. Quiero decir: la miraría a esa cara gorda y espantosa que tiene y le diría ‘Rosie, estás despedida’. (Sobre la conductora que sacó al talk-show de la cadena ABC de un pozo de audeincia pero tuvo la mala fortuna de denunciar a Trump por corrupción)

—Hace frío y nieva en New York. ¡Necesitamos más calentamiento global! (Sobre el presente y el futuro del Planeta)

—Mis dedos son largos y hermosos como, y esto está bien documentado, lo son varias otras partes de mi cuerpo. (Sobre su muy autopromovida virilidad)

—Nunca vi a una persona delgada tomar Coca Diet. (Sobre el problema de la obesidad en la sociedad norteamericana)

—Pienso que la diferencia entre yo y los otros candidatos es que yo soy más honesto y mis mujeres son más hermosas. (Sobre sí mismo y sus posesiones)

—¡Eres asquerosa! (Sobre la abogada querellante de la contraparte en un juicio que durante una audiencia en la corte solicitó un breve receso para amamantar a su hija de 3 meses en privado)

—Mi coeficiente intelectual es uno de los más altos, y todos lo saben. Por favor, no se sientan estúpidos o inseguros por eso; no es su culpa. (Sobre la envidia hacia su persona)

—Yo tengo muchos amigos fabulosos que han resultado ser homosexuales, pero yo soy un tradicionalista. (Sobre gays, lesbianas y otros desviados sexuales)

—Cuando llegue el momento, veré si acepto el resultado de las elecciones. Lo mantendré en suspenso, ¿de acuerdo? (Sobre su decisión de no respetar la decisión del electorado en caso de que la votación no le sea favorable y denunciar que se ha orquestado un fraude a escala nacional)

En la larga historia del Partido Republicano no se recuerda una época en la que se haya vivido una suerte de guerra civil similar en su seno, con el candidato Donald Trump campeón de la oralidad frontal en amenaza de ruptura permanente y una copiosa sangría de apoyos, como en el caso ejemplar de Ted Cruz, que implican también una devaluación fatal de los individuos y una formación malherida que, gane o pierda el empresario de las propiedades, necesitará volver a construir la confianza de sus votantes.

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