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Ubérrima Uber en el Diario de la Guerra del Cerdo

Mientras las unidades de la ubérrima Uber se reproducen sin control como conejos en las grandes ciudades, las huestes de los “caza Uber” –una feroz versión de la cinegética– persiguen y castigan con impunidad y sin piedad a cualquier cosa que se les parezca, al punto de a atacar a conductores particulares por la sola “portación de apariencia”, como si fuese una inversión en vuelta de campana del Diario de la guerra del cerdo.


Ubérrima Uber en sincronismo con los tiempos.

La guerra soterrada de los taxistas no tiene precedente en organizaciones tanto o más perjudicadas por la evolución tecnológica y social.

Los ataques de los “caza Uber” no se limitan a los vehículos: a la manera de la fatídica frase del temible general de brigada Ibérico Manuel Saint Jean –“Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y, finalmente, mataremos a los tímidos”– se muestran irreductibles y fundamentalistas con su cruzada exterminadora del Enemigo Innovador.

En la exquisita novela de 1969 “Diario de la guerra del cerdo”, Adolfo Bioy Casares cuenta la historia de un jubilado que un día advierte que los jóvenes han comenzado a tomar a los viejos como blancos para agredir y aniquilar; algunos creen ver en el “Diario…” una analogía de la situación argentina de la época, pese a que la narración se ubica en la década de 1940.

Las fuerzas de choque de los “caza Uber” en acción.

La agresividad exacerbada de los “caza Uber” los lleva a emprenderla contra particulares que son confundidos con conductores de Uber, con consecuencias desastrosas.

Como si se tratara de una antítesis del relato de Bioy, los “caza Uber” son una organización cerrada –lindera con la asociación ilícita, si no lo es que, bajo el nombre de Taxistas Unidos, ha declarado la guerra unilateral a la filial argentina de la compañía de vehículos de transporte con conductores autónomos desde antes de su llegada a la Argentina.

“Como si se tratara de una antítesis del relato de Bioy, los “caza Uber” son una organización cerrada –lindera con la asociación ilícita– que ha declarado la guerra unilateral a la compañía.

Son los viejos profesionales del volante que han salido a depredar, como en una selección natural darwiniana invertida, a los bisoños conductores autónomos de Uber que tratan de ganarse la vida, o agregar un plus a sus ingresos corrientes, con la asistencia de la operadora que funciona mediante aplicaciones para teléfonos celulares (tanto para usuarios como para conductores) y una ubicua red global capaz de optimizar el transporte de pasajeros.

Aunque con más timidez, Cabify, competidora directa de Uber, gana mercado mientras sufre rotura de vidrios, pintadas, pinchaduras y tajos en los neumáticos, y persecuciones; en un caso como en otro, es necesario resaltar que los vehículos damnificados no son de las compañías, sino de los conductores, que tampoco trabajan en relación de dependencia, sino de manera autónoma.

Todas las acciones forzadas que se emprenden contra Uber nunca llegan siquiera a rozar a Uber. Es, de alguna manera, una masacre de pobres contra pobres a la que los dirigentes sindicalizados y las empresas sólo asisten en calidad de espectadores.

La vieja pelea de lo caduco contra lo nuevo

La ubérrima Uber avanza a despecho de las corporaciones.

Uber se ocupa de lo que la corporación taxista ignora, menosprecia o maltrata: los usuarios del servicio. En el modelo de negocios que caducó con el siglo 20, los consumidores eran los enemigos de las empresas.

En nuestra nota de (in)formales del 30 de marzo de 2017 “Uber en el ojo de la tormenta” mencionábamos ya la posición irreductible de los choferes de taxis de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y sus áreas conurbanas que, con la excusa de combatir la supuesta competencia desleal de la ubérrima Uber, escondían las intenciones de perpetuación de “un negocio jugoso, monopólico, fosilizado, plagado de vicios y vericuetos oscuros […] cuyos actores no han hecho una sola movida para modernizarse, mejorar las prestaciones y brindar una experiencia más atractiva a los usuarios”.

“En el modelo de negocios que caducó con el siglo 20 (aunque todavía queden resabios), los consumidores eran los enemigos de las empresas.

Desde el comienzo, las agresiones físicas, las lesiones, los daños a la propiedad, la sustracción de vehículos y la más que temeraria privación ilegítima de la libertad de conductores y pasajeros, son moneda de cambio, represalia habitual para todo aquello que los predadores consideran que favorece de manera directa o indirecta a al compañía.

El día que Uber puso al aire su primera campaña publicitaria pública en la Argentina, el viernes 5 de octubre de 2018, los “caza Uber” bloquearon durante 3 horas el acceso al canal de televisión América, en pleno corazón palermitano en la CABA; el líder de la fuerza de choque clamaba desafiante: Que el responsable del canal aparezca, porque esto se va a poner heavy”.

Este tipo de conflicto no es nuevo, aunque casi nunca se ha expresado con la violencia desenfrenada de estos días; cada vez que se produce una innovación, hay una fuerte resistencia (en parte resultado de la inercia, en parte fruto de la oposición a perder beneficios adquiridos) que sucede hasta en la naturaleza misma; es el proceso que llamamos evolución, que no es ni buena ni mala de por sí, pero es inevitable.

Ubérrima Uber en el todo el mundo: los números.

El 10 de junio de 2018 la ubérrima Uber superó los 10 mil millones de viajes, lo que da una media de unos 3 millones 475 mil viajes por día.

Cuando la Revolución Industrial (la mayor transformación de la historia de la humanidad desde el período Neolítico), las corporaciones de artesanos percibieron que las bonanzas de sus oficios llegaban a su fin, y que no podrían competir con las máquinas; la transición del trabajo manual, la tracción animal y la economía agropecuaria hacia la producción industrial, el transporte automotor mecanizado y la economía urbana fue en muchos casos brutal.

“Tarifas notablemente más bajas; amabilidad, buen trato y afinidad de los conductores; control y seguridad; calidad, limpieza y buen estado de los vehículos; eficiencia antes y durante el viaje: los pilares de la ubérrima Uber.

Antes y después, la historia ha visto caer vez tras vez unas modalidades que son sustituidas por otras al cierre del círculo vital que les es propio. Desde sus inicios, la Publicidad ha sido testigo y partícipe del ascenso y la caída de anunciantes, medios y formas de hacer; la exitosa serie de TV Mad Men (que se desarrolla a lo largo de un lapso que va desde fines de la década de 1950 hasta el cierre de la de 1960) lo muestra con habilidad.

La publicidad que hacían los hombres de la Avenida Madison de New York –de ahí el título Mad Men– estaba enfocada en valores que hoy son considerados disvalores (tabaquismo, alcoholismo, consumismo irrefrenable, misoginia, racismo) en una atmósfera donde el adulterio, la homofobia, el acoso y los abusos eran constantes, consentidos y habituales.

No ha habido una reacción tan desmesurada, ni siquiera visible, por ejemplo cuando aparecieron los teléfonos celulares y arrasaron en pocos años con la telefonía fija convencional (al contrario, las pequeñas proveedoras de comunicaciones móviles fueron absorbidas por las tradicionales grandes); los servicios postales, fueran oficiales o privados, rediseñaron el negocio tras la invención del correo electrónico sin chistar; los laboratorios relacionados con la fotografía y los fabricantes de cámaras se reinventaron para asumir la era digital; las propias proveedoras de telefonía móvil comenzaron a ofrecer los servicios gratuitos de mensajería instantánea como WhatsApp en sus planes, cuando tranquilamente podrían haberlos bloqueado para mantener el negocio de los SMS.

La ubérrima Uber o el siglo 20 versus el 21

La ubérrima Uber en acción.

Uber combina sencillas aplicaciones (apps) para smartphones, que emplean los conductores y los usuarios, con un sofisticado sistema inteligente de logística de transporte que optimiza cada fase de las operaciones involucradas.

Como señalábamos en “Uber en el ojo de la tormente”, la compañía no es una red de transporte física, no posee vehículos propios, ni empleados que los manejen: los conductores utilizan sus automóviles particulares, o los alquilan a un tercero, en general con la intervención y garantía de la compañía.

En la práctica, Uber es un mediador (a la manera en que lo es una compañía inmobiliaria o un broker del mercado accionario) que se lleva una comisión del 25% del precio libremente pactado para cada viaje.

“Cuando alguien pide un auto de Uber, conoce quién lo buscará, en qué vehículo, en cuánto tiempo, cuánto le costará el viaje y a qué hora aproximada llegará a destino.

Uber no compite con los taxis, es una solución distinta y, en muchos aspectos, mejor, optimizada, que produce un mayor beneficio que se distribuye entre los usuarios y los conductores, los dos extremos del negocio. Si el dinero que la corporación taxista destina a abogados, fuerzas de choque y, sobre todo, al mantenimiento de un esquema de explotación y control ciertamente opresivo, se hubiera empleado para modernizar el sistema, hoy no habría Uber.

Las técnicas y tecnologías estuvieron –y están– ahí, al alcance de la mano, desde hace mucho tiempo; sin embargo, poco y nada ha cambiado en los taxis del siglo 21 respecto a los del siglo 20 en un período de al menos 50 años; los progresos más notables han sido, en ese orden, la comunicación radial por VHF (un sistema vetusto ya en la década de 1990), la digitalización de los taxímetros para la medición y el cobro de los viajes, y la todavía incipiente geolocalización de las unidades.

El esquema de taxis y su nimia evolución nunca pusieron por delante al usuario, que padeció el menoscabo en el costo de las tarifas, la pérdida de calidad del servicio, la falta de seguridad, la ineficiencia y el maltrato; es cierto que los taxistas han experimentado la declinación creciente de las ganancias y las complicaciones irresolubles del tránsito en las grandes urbes, pero no han querido o no han sabido manejar ni los problemas ni las crisis.

Diario de la guerra del cerdo a la inversa: taxis contra Uber.

La encrucijada del transporte urbano a través de taxis reside en la fosilización de una modalidad de servicio incapaz de adaptarse y evolucionar de acuerdo con los tiempos y los requisitos de los consumidores, no en incendiar Uber.

Los enemigos mortales de los piquetes y cortes de calles, a los que señalan como causantes de buena parte de sus males, acabaron por utilizar esas mismas armas para tratar de frenar el avance de Uber, incluidas en más de una ocasión las agresiones a los mismísimos usuarios; así no se gana, así se pierde un mercado.

Cuando una persona sube a un taxi en una gran ciudad no sabe a ciencia cierta a qué se expone; la experiencia, cada tanto, termina muy mal. Cuando alguien pide un auto de Uber conoce quién lo buscará, en qué vehículo, en cuánto tiempo, cuánto le costará el viaje y a qué hora aproximada llegará a destino; además, puede compartir su ubicación y todos los datos completos del servicio con su conocidos en tiempo real.

“En silencio y con parsimonia, sin coerción ni intimidación, por la sola fuerza de los hechos y por el peso del sentido común, la ubérrima Uber gana pieza tras pieza el ajedrez del transporte urbano de pequeña escala.

Uber está lejos de ser la panacea; la compleja ingeniería legal y contable de la compañía le permite eludir tasas e impuestos que sí afectan a los taxis; los conductores son trabajadores autónomos que no cuentan con un amparo de seguridad social provisto o solventado por Uber, a los que no se les exige un permiso o licencia especial para conducir sus vehículos, ni se los somete a otros exámenes que no sean los corrientes para un conductor particular; en ciudades como Buenos Aires, la actividad de Uber aparentemente infringe el Código Contravencional.

En silencio y con parsimonia, sin coerción ni intimidación, por la sola fuerza de los hechos y por el peso del sentido común, la ubérrima Uber gana pieza tras pieza el ajedrez del transporte urbano de pequeña escala; su sistema inteligente de organización de viajes y distribución de vehículos contribuye al mejoramiento del tránsito urbano, reduce las emisiones de gases a la atmósfera, y satisface con creces a una demanda históricamente despreciada y agraviada.

Mientras tanto, en un país que se dice reinserto en el mundo, la Sala II de la Cámara de Apelaciones en los Penal, Contravencional y de Faltas de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires –como si fuésemos China o Venezuelabloqueó al dominio www.uber.com y a todas las plataformas digitales, aplicaciones y todo otro recurso que permita utilizar a Uber; el fallo tiene alcance nacional, de modo que, con la excusa de una contravención local, censura el libre acceso a todos los habitantes de la Argentina. Si usted no lo cree, compruébelo.

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