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Noticias, audios y videos II

Noticias, audios y videos acaparan una porción considerable, acaso la mayor, de los consumos directos en la World Wide Web, pero la voluntad de las personas es volátil en cuanto a aquellos productos y servicios por los cuales están dispuestas a pagar. En un medio en el que los consumidores consideran prima facie que todo debería ser gratuito o casi grautito, y donde las leyes del mundo físico corren con la velocidad y sin la perseverancia de la tortuga, algunos ganan y otros pierden.

Indomables

Noticias, audios y videos en la red: los dueños de la pantalla.
Noticias, audios y videos en la red: la perinola de las preferencias de los consumidores.

En nuestra nota previa dábamos cuenta de las transformaciones revolucionarias, en todo sentido, desarrolladas por los proveedores de video y música en streaming, que cambiaron para siempre el panorama de los negocios y de las propias industrias involucradas.

“Los grandes mastodontes del siglo 20 –las empresas gráficas, las fonográficas, las cinematográficas, las televisoras– a esta altura un tanto fosilizados, parecen hoy presas del hielo de una glaciación que los paralizó cuando menos lo esperaban.

Los grandes mastodontes del siglo 20 –las empresas gráficas, las fonográficas, las cinematográficas, las televisoras– a esta altura un tanto fosilizados, parecen hoy presas del hielo de una glaciación que los paralizó cuando menos lo esperaban.

Los nuevos emprendimientos se iniciaron en su mayoría con el mismísimo nacimiento de Internet, y confirmaron aquella sentencia de que quien ocupa un lugar ni bien está vacío terminan por hacerse de él.

Asentados y conformados en la inercia favorable de sus negocios, los medios tradicionales nunca vieron venir el cambio ni comprendieron su naturaleza y extensión hasta que fue demasiado tarde: aferrados a una modalidad inflexible, terminaron destronados con facilidad por visionarios ignotos a los que no pudieron ofrecerles resistencia.

La velocidad de las transformaciones conspiró contra todo el andamiaje legal elaborado a lo largo de siglos para proteger el satu quo y, en muchos casos, hizo claudicar a los jugadores más poderosos en una negociación feroz con los noveles enemigos informáticos (el conflicto más célebre y ejemplar es acaso el suscitado por Napster, pero tampoco debe olvidarse la capitulación ante YouTube).

A quién sí y a quién no

El escenario presente es asaz complejo para los jugadores, sean éstos tradicionales o innovadores en el mercado: nadie tiene a la sartén por el mango, y las cosas pueden modificarse de la noche a la mañana.

Esta labilidad es la consecuencia directa del poder dominante del usuario individual –cada vez menos estadístico y más personal– y muestra de un modo contundente cómo la disponibilidad ilimitada de información sobre los consumidores, así como puede ser una herramienta crucial para conocer sus preferencias, no aporta beneficios si no se las satisface convenientemente y de inmediato.

Ni la inteligencia artificial (llevada a extremos inconcebibles hace 10 años) ni el seguimiento pormenorizado y detallado de los individuos (rayano con el espionaje raso) alcanzan para conseguir dominar su díscola voluntad.

El éxito y también la supervivencia de cada segmento de la oferta global están determinados por el poder creciente de los consumidores que nada quieren saber de reglas y condicionamientos legales.

Si los usuarios globales quieren pagar, lo harán; si no, se las ingeniarán para no hacerlo, aunque signifique quedar afuera de la ley.

La ecuación es simple: mientras los marginales son pocos, alcanza con el poder de la policía y de los jueces; cuando la mayoría desobedece, los marginales son quienes quieren hacer acatar las convenciones, y ya se sabe qué pasa con los marginales en este mundo que da vueltas.

Verdades, mentiras y miserias en las noticias

Noticias, audios y videos: los perdedores.
Las personas no terminan de digerir el pago de una suscripción para estar informadas, y los productores de noticias no le encuentran la vuelta al negocio.

En una de las franjas más que dinámicas del amplio espectro de la distribución de contenidos en línea, las grandes cadenas de noticias (léase diarios, agencias de información, redes de TV, portales noticioso), sin embargo, no terminan de encontrarle la vuelta al negocio en la nube.

“La prensa escrita sufre el múltiple castigo de ser un medio estático que había perdido en el siglo 20 su batalla por las primicias, con la radio primero, y con la televisión, más tarde.

Desde hace algún tiempo, movilizado por la caída irrefrenable de las modalidades tradicionales en términos de ganancias e influencia, los profesionales del periodismo y sus empleadores más perspicaces ha comenzado a buscar nuevas claves para vender sus activos más caros.

Una vertiente interesante, que mezcla a las habilidades periodísticas con la destreza publicitaria, propone el traslado de la redacción convencional de noticias y opiniones al campo de la publicidad omincanal, algo así como el perfeccionamiento de la publicidad no tradicional (PNT) de los medios tradicionales.

Una mayoría numerosa de sitios de noticias está atiborrada de artículos promocionales de este tenor que cuelan mensajes indudables y directos de las marcas que pagan por ellos. Alcanza con observar cualquier portal al azar para toparse con esta particular modalidad de publinotas.

Los en otras épocas superpoderosos diarios (las revistas ya han resignado su lugar emblemático hace décadas) han experimentado con amargura y sin suceso un sinfín de estrategias que resultaron estériles, y nunca consiguieron detener el estrepitoso derrumbe de sus ventas físicas.

La prensa escrita sufre el múltiple castigo de ser un medio estático que había perdido en el siglo 20 su batalla por las primicias, con la radio primero, y con la televisión, más tarde. El diario llega siempre más tarde, cuando todo cambió, y caduca en cuestión de horas.

El advenimiento de las preocupaciones por el cambio climático, el calentamiento global y la contaminación del medio ambiente asestó a los alicaídos diarios un nuevo golpe de hacha (la figura no es ociosa).

El papel prensala materia prima por excelencia de los periódicos, más que las noticias– es costoso, su fabricación es altamente contaminante y produce una vasta huella de carbono, pero por sobre todas las cosas implica el sacrificio de vastas áreas forestales.

La distribución física, por otra parte, fue en todo momento un enorme clavo en el calvario de la prensa escrita, ya por su complejidad, ya por sus costos, ya por la carrera hacia atrás en el tiempo para hacer de los diarios un medio competitivo en las diversas versiones de la era de la información: la distribución electrónica –fundamento de la radio y, por extensión, de la TV– es insuperable.

Lo cotidiano se vuelve trágico

Cuando cualquiera puede engendrar noticias sin límite, nadie está dispuesto a pagarlas.
Perdido en los devaneos sobre el papel de Internet en la vida cotidiana, el periodismo es víctima y a la vez victimario de sí mismo en el remolino de la vulgarización de la información.

En algunos lugares, en algún momento, las suscripciones fueron una alternativa para subsidiar la publicación de algunos diarios; con Internet, en cambio, apenas comportaron intentos desesperados (aún hoy algunos pocos persisten en la idea), no ya para salvar de la catástrofe al diario de papel, sino para sobrevivirlo con asistencia artificial.

El interés en pagar por un servicio de suscripción para recibir contenidos en línea (que hace florecer a Netflix, pero también a Spotify, y rinde pingües ganancias a Amazon a través de Prime) se desploma en caída libre para la categoría Noticias.

Mientras 7 de cada 10 personas abonan una suscripción para recibir video en sus dispositivos móviles o fijos, 6 de cada 10 individuos ni siquiera consideran la posibilidad de pagar por un servicio de noticias.

La gente consume noticias, de eso no hay duda; de ahí a que esté dispuesta a hacerlo a título oneroso hay una distancia insalvable, un abismo en el que se precipitan los medios más dependientes de la venta, los diarios, y que arrastra consigo a todas las formas de hacer periodismo.

Y las grandes cadenas, qué

Noticias, audios y videos de cualquier lugar del planeta.
La globalización total trajo consigo la universalización de la información, de la mano de la TV, primero, y de Intenet, más tarde: las noticias se volvieron planetarias, cualquier lugar en el mundo se tornó un foco potencial de atención.

Al promediar el siglo 19 se desarrollaron las agencias de noticias (o agencias de información) para responder a las necesidades de los medios localizadosque no podían permitirse grandes coberturas por fuera de su alcance físico directo.

“Los avances tecnológicos como la radio, el teléfono, la teletipo, la TV, fueron las herramientas sucesivas de las que se sirvieron las agencias para abarcar más territorios y cubrirlos con un entramado de corresponsales.

Las agencias pioneras con cobertura internacional fueron Havas (fundada en Francia en 1835) y Associated Press (creada en EE.UU. en 1846); al disolverse Havas, los ex empleados instituyeron France-Press (AFP) en Francia, Reuters en Gran Bretaña, y Wolff en Alemania.

El telégrafo permitió que las agencias de noticias se fortaleciesen y extendiesen; un gran número de diarios, consumidores básicos de las agencias, fogoneados por el magnate de la prensa William Randolph Hearst, desafiaron a sus proveedoras y fundaron la United Press Association (en 1907) y el International News Service (en 1909), que tendrían gemelas menores en varios países.

Los avances tecnológicos como la radio, el teléfono, la teletipo, la TV, fueron las herramientas sucesivas de las que se sirvieron las agencias para abarcar más territorios y cubrirlos con un entramado de corresponsales.

Sobre las últimas décadas del siglo 20, cuando Internet era todavía una vaga promesa, aparecieron las redes de noticias por cable (con la pionera Cable News Network CNN– de Ted Turner), que aprovecharon la infraestructura y los sistemas de facturación existentes para vender televisión de noticias.

CNN fue el primer canal de noticias en proveer cobertura de 24 horas y contenidos noticiosos puros; comenzó con una clara orientación hacia la el público de negocios hospedado en hoteles, ávido de consumir información general, aunque luego apuntó en todas las direcciones y consiguió un alcance global.

El negocio de news broadcasting (propagación de noticias) –también cable news, news channels, network news, newscast, por su formato más habitual– se convirtió en una modalidad eficiente y extendida de transmisión de acontecimientos e información periodística general a través de múltiples medios.

Los canales preferenciales para la difusión en red son, hoy por hoy, el cable e Internet, los que permiten la segmentación del público y la generación de contenidos específicos para cada audiencia particular, a la vez que aseguran los ingresos por cobro directo a los prestadores de servicios e indirecto por publicidad.

Entrado el siglo 21, no obstante, las redes de noticias se han desgastado con rapidez y han perdido buena parte de su influencia y poder de penetración: pioneras en su momento, no terminan de acomodarse a los cambios surgidos con el nuevo milenio, y parecen todavía lejos de lograrlo, en la medida en que no terminan de visualizar la naturaleza de los nuevos modelos de negocios en línea.

El periodismo apócrifo en la era de Internet

La crisis de credibilidad de los medios les quitado la fidelidad de la audiencia.
La mayoría de los medios no supo comprender Internet, intentó aggiornarse y copió contenidos hasta el plagio, hasta que la oleada de noticias falsas (fake news) de origen global, a veces muy oscuro, les hizo perder el eje.

La enorme incidencia de Facebook, el jubileo de las redes sociales para las que no existen leyes –ni tácitas, ni escritas– y la dudosa “democratización” (es más pertinente llamarla vulgarización) de los recursos descolocaron a los grandes medios particularmente en su faz periodística.

Por avidez, por impericia, por desconocimiento, por candidez, los informadores se tendieron a sí mismos una infinidad de trampas, de las que podemos señalar algunos ejemplos flagrantes.

La búsqueda desaforada de noticias –y, digámoslo, de consumidores de noticias– llevó a los medios a levantar sin revisar todas y cada una de las publicaciones “de color” subidas a la red por fuentes cuanto menos dudables.

Los comunicadores profesionales bajaron al nivel de los charlatanes de la web y adoptaron su paupérrimo lenguaje sin comprender muy bien de qué hablaban, como si los experimentados o referentes en cada nicho fuesen una suerte de académicos de la nueva comunicación o, mejor, profetas evangelizadores de la era digital.

Más temprano que tarde, a veces por diversión, a veces por mala fe, a veces por una mezcla de todo, surgieron de entre los intersticios de la Red los inventores de noticias falsas (fake news) que hicieron trepidar al negocio de la comunicación.

Los medios se apresuraron a echarles la culpa a Google, a Wikipedia, a Facebook, cuando en rigor el motor de búsqueda y la red social son meros posibilitadores (como una calle asfaltada puede facilitar la huida a un ladrón de bancos, pero no por ello causa los robos) mientras el problema tiene sus raíces en el desmanejo de los propios informadores periodísticos y políticos.

Las fake news de las que se valió Trump para enturbiar la elección destruyen a los medios.
Fiel a su discurso insidioso, Donald Trump, quien basó su campaña presidencial en la difusión de fake news maquinadas por sus operadores ocultos, arremete contra los medios acusándolos de crear fake news.

Las fake news existen desde que existe la humanidad, y vuelven recurrentemente, por dar casos palmarios, con cada guerra, con cada disputa, con cada conflicto.

“Las fake news existen desde que existe la humanidad, y vuelven recurrentemente, por dar casos palmarios, con cada guerra, con cada disputa, con cada conflicto.

Lo único que cambió al respecto, en definitiva, fue que los grandes medios, obnubilados por la búsqueda de una audiencia menguante y por la promesa ilusoria de un público global infinito, perdieron el control de la información –verdadera o falsa– que se difunde por los innumerables canales de Internet.

Esta entronización demagógica (populista suena desafinado) del rumor público, de la charla de club, de la bravata de café, y de la anécdota familiar, terminó por convertir a las noticias en chimentos ordinarios, conversaciones de amigotes, piezas banales por las que nadie y de ningún modo estará dispuesto a pagar.

Como las grabaciones de Misión Imposible, los medios se autodestruyeron en un tris, achicaron las redacciones, rebajaron la calidad de la información, abrevaron en las aguas de fuentes incomprobables, compraron las falacias de outsiders e influencers, entablaron una competencia desquiciada con trolls, bloggeros e inclusive bots (robots de software capaces de generar contenidos) que no tienen nada que perder y todo por ganar.

Lo que los minúsculos y atomizados disparadores de noticias falsas lograron no fue el utópico control de la información (algo que saben de sobra imposible para desventura de la política) sino una vasta fuente de microingresos –individualmente, por el contrario, pequeñas fortunas– por conversión y monetización de lo publicado.

Con apenas 24 años, un rumano llamado Ovidiu Drobota escribió 4 de cada 10 fake news con mayor difusión publicadas durante las elecciones presidenciales estadounidenses de 2015; sólo a través de la plataforma de vinculación publicitaria AdSense de Google, se aseguró una facturación mensual de U$S 10 mil sin responder a ningún otro interés que no fuese hacer dinero fácil.

¿Alcanza con Drobota, o con un ejército de Drobotas, para acabar con el reinado de los medios de comunicación? No parece verosímil, pero si las grandes corporaciones no elaboran una estrategia de negocios conforme a los tiempos, habrán perdido su espacio territorial por completo.

Las fake news son una práctica tan aborrecible como vulgarizada –viralizada, para usan un neologismo actual– que está demoliendo al trabajo periodístico en todo el mundo, con ello a la confianza pública en la prensa y, consiguientemente, a la voluntad de comprar noticias.

Noticias, audios y videos a la carte

Las claras tendencias en noticias, audios y videos.
El público en general, suscriptor acérrimo de videos y moderado de música, demuestra poca predisposición para pagar por noticias: el rojo indica la masa de usuarios que no se suscribirá a un servicio pago.

“Los negocios en la red de redes son, como en todas las actividades humanas, más una cuestión política que económica porque, al fin y al cabo, dependen más de la conjugación de las voluntades individuales que de la aritmética o la estadística.

A punto de entrar en la década de 2020 (número mágico que tendrá su capicúa el 02/02/2020) después de barajar y dar de nuevo en más de una ocasión, las cartas parecen echadas, aunque con los millennials nunca se sabe.

La tecnología, la inteligencia artificial, la realidad aumentada, la realidad virtual, los modelos de negocios emergentes, los servicios en red, las colosales transformaciones que experimentamos a una velocidad cercana a la de la luz, no son por sí mismos los causantes de los problemas, sino meras herramientas desprovistas de intencionalidad.

En un momento difuso, el individuo ganó para su beneficio la capacidad para decidir y hacer con independencia absoluta; el resultado, contra las suposiciones de los teóricos y las profecías de los libertarios, fue la disolución progresiva y acelerada de los poderes institucionales consolidados.

Los negocios en la red de redes son, como en todas las actividades humanas, más una cuestión política que económica porque, al fin y al cabo, dependen más de la conjugación de las voluntades individuales que de la aritmética o la estadística.

Leyes sagradas pretéritas como la de la oferta y la demanda se incumplen en la economía de la interacción, donde el precio no es proporcional al volumen sino al consentimiento del comprador, y las necesidades son más un estado de ánimo que un imperativo material.

Así se explica el ascenso imparable del negocio del VOD por suscripción, el plácido avance del streaming de audio pago, y el quebranto sin remedio de las noticias por abono. Uno puede hacer cualquier cosa con los cambios, excepto no cambiar.

Entretenimiento, copyright y negocios

Noticias, audios y videos que desafían al copyright.
La contradicción fundamental de la legislación punitiva de los derechos de autor reside en que sólo puede cubrir la apariencia visible y no las ideas.

La Unión Europea acaba de aprobar una directiva de derechos de autor conocida eufemísticamente como “ley copyright digital” que sanciona a Facebook, Twitter, YouTube y, por extensión, a millones de sitios en Internet con la excusa de proteger las prerrogativas de los creadores de contenidos.

“Mientras no se comprenda que la digitalización vuelve abstracta la noción de copia, legisladores, abogados y corporaciones seguirán embarcados en una lucha estéril contra molinos de viento.

Más allá de los límites del absurdo, la UE crea un “impuesto al vínculo (link tax)” para que diarios, portales y agencias de noticias puedan percibir regalías por el uso de su producción original.

Los creadores de todos los tiempos nunca se beneficiaron a priori con este tipo de leyes, y basta de ejemplo la ignominiosa historia de las canciones de la dupla Lennon-McCartney: los derechos de reproducción de la mayor parte de la obra de la era Beatles quedó en manos de los accionistas de Northern Songs, de modo que cada vez que los autores querían interpretar sus propias canciones debían pedirles permiso y pagarles para hacerlo a los sucesivos tenedores de los derechos.

Al momento de componer los temas más vendedores de la banda, John y Paul apenas cobraron una módica retribución por la cesión de derechos a agentes de la industria fonográfica: eran músicos, no empresarios ni especuladores financieros.

McCartney y los herederos de Lennon tuvieron que esperar 56 años hasta que venciera el copyright de sus canciones para recuperarlas; en el camino, Michael Jackson, quien había comprado todos los derechos en la década de 1980 con su empresa ATV, los había vendido al consorcio Sony/ATV Music Publishing (fusión de ATV y Sony).

Detrás de las convulsiones de la UE o de los arrebatos del presidente estadounidense se esconden la vieja economía que se resiste a la extinción y la voracidad fiscal de las naciones, incapaces de afrontar los déficits provocados por un andamiaje organizativo obsoleto.

Mientras no se comprenda que la digitalización (la conversión de la materialidad en una traducción numérica) vuelve abstracta la noción de copia (la inmaterialidad de los números ofrece infinitas representaciones diferentes de una misma cosa) legisladores, abogados y corporaciones seguirán embarcados en una lucha estéril contra molinos de viento.

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