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El enemigo interior

La piedra del escándalo rompió todos los esquemas cuando Facebook admitió el uso indebido de información privada extraída de forma ilegal de más de 50 millones de usuarios para influir en las elecciones que llevaron a Donald Trump a la presidencia. Aparece así el enemigo interior de la libertad, más peligroso aún que las acechanzas chinas y rusas, con el condimento adicional de que existe evidencia de entre las “cibercampañas sucias” estaría la de Argentina 2015.

Facebook: el enemigo interior también es uno mismo.
Los derechos a la privacidad y a la intimidad se han devaluado en los últimos años. Lo que el público parece no comprender es el enorme perjuicio que eso causa a las libertades individuales y colectivas.

La infección de las fake news

Noticias falsas del enemigo interior.
A través de AdSense de Google el rumano Ovidiu Drobota, que escribió 4 de las 10 fake news con mayor difusión durante las elecciones estadounidenses de 2015, se hizo de U$S 10.000 al mes sólo por diversión y sin cometer ningún delito.

La más popular, populosa y exitosa de las llamadas “redes sociales”, la de mayor ascendiente sobre los medios y las marcas (este sitio tiene su propia página en Facebook), el abrevadero diario de centenares de millones de personas en busca de relacionamiento con sus pares, se reveló un fraude colosal.

Aunque su líder máximo Mark Zuckerberg se muestra desencajado y pone cara de incrédulo en cada aparición pública en la que se le piden cuentas, toda la evidencia indica que desde los inicios la mala fe ha sido su modus operandi.

La complejidad de las maniobras tramposas impulsadas a través de la red incluye, por ejemplo, la creación multitudinaria de usuarios ficticios que publican información prolífica deliberada y tergiversada con el propósito de torcer las opiniones individuales y alterar las percepciones colectivas.

La espuria combinación maliciosa de datos personales públicos e íntimos, publicidad dirigida y engañosa, compilación no autorizada de hábitos y preferencias en el comportamiento individual, y filtración minuciosa de información falsa disfrazada de auténtica (fake news) es tanto un negocio fenomenal para pocos como una alarmante vulneración de derechos de muchos.

Operaciones de inteligencia

El correo electrónico (email) debe ser resguardado del acceso de terceros.
El uso responsable de la información beneficia a todos: por el contrario, la negligencia, la mala fe, el espionaje y el robo de datos nos expone a riesgos impensados.

Mientras las fake news son meros pasatiempos de agitadores irrelevantes (como el joven rumano Ovidiu Drobota, autor satírico de legendarias noticias falsas, verdaderas parodias que le generan ingresos envidiables), la gravedad no es tan grande como cuando las usinas son verdaderos ejércitos comandados por expertos en infiltración.

“La inocencia, la negligencia, la ansiedad de negocios, y el facilismo en los medios de comunicación los ha arrastrado a abusar de la transcripción sin verificación.

Decíamos en nuestro artículo de marzo de 2019 Noticias, audios y videos que lamentablemente un cóctel que mezcla la inocencia, la negligencia, la ansiedad de negocios, y el facilismo en los medios de comunicación los ha arrastrado a abusar de la transcripción sin verificación de publicaciones que provienen de fuentes dudables, cuando no ignotas.

El resultado es la divulgación masiva de información errónea que de manera involuntaria (por no saber que es falsa) viraliza contenidos adulterados, creados deliberadamente para contaminar a la verdad.

Las modalidades paradigmáticas de las fake news son las conexiones falaces (títulos que enmascaran al desarrollo de los contenidos), los contextos equívocos (escenarios tergiversados o información sesgada), los contenidos engañosos (utilización tramposa de nociones y conceptos), la manipulación intencionada de los datos (alteración de la información genuina), la información apócrifa (contenidos inventados o distorsionados para provocar engaño) y el falseamiento de las fuentes (atribuciones falsas o fuentes ficticias).

Noticias falsas ha habido en todas las épocas y en todas partes, pero la particularidad de las fake news del presente es que pueden ser fabricadas a medida a partir del robo indiscriminado de información personal.

La pérdida de la privacidad nos torna vulnerables porque la divulgación de nuestros hábitos, acciones, gustos, cualidades, ideas, inclinaciones, afectos, carencias, rechazos, enemistades, aversiones, proporciona herramientas para la manipulación refinada adecuada a nuestra individualidad.

Que uno no tenga nada que esconder no es –no debe ser– sinónimo de que alguien más deba saber todo sobre uno, en especial sin el conocimiento y el consentimiento expreso de quién, qué, cuánto, cómo, por qué y para qué posee y utiliza esa información.

Las usinas de la inteligencia

El enemigo interior de la privacidad en acción.
El valor relativo que los individuos dan a sus datos personales los vuelve más o menos susceptibles de sufrir la manipulación y la alteración de sus vidas desde lugares insospechados.

Facebook es la herramienta, el medio, el posibilitante que saca tajada de este enorme movimiento, aunque no el creador ni el motor de las fake news.

“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Como ha sucedido siempre, en primer lugar están los gobiernos (generadores por excelencia de información falsa, en especial durante los momentos críticos), seguidos de cerca por los grandes medios concentrados (ya sea en complicidad, ya sea en complot) y las organizaciones –mayores o menores– basadas en la creación de influencias sobre la opinión pública.

Vistas en perspectiva y en conjunto, las fake news son vastas operaciones de inteligencia, no con fines de espionaje clásico sino como justificadoras de acciones y hechos que no pueden basarse en información objetiva.

Estas verdades mentirosas puede ser de índole política, comercial, religiosa, científica, periodística, económica, publicitaria, social; las adjetivaciones son infinitas y las finalidades inescrutables; lo que no puede soslayarse es que acaban por degradar la opinión y la credibilidad pública.

Aún cuando la conciencia colectiva se espabile y tome nota del fraude, aunque parezca que la eficiencia del engaño ya no es tanta ni tiene tanto alcance, la dificultad estriba en que se ha perdido la capacidad de discernir, de tamizar los datos, de separar verdades de mentiras.

Una parte implícita de la responsabilidad de la diseminación de fake news es exclusiva de la parte facilitadora, sea ésta un medio, una red social, un grupo formador de opinión, que no puede aducir en su defensa ni el desconocimiento ni la infiltración (“hemos sido hackeados”).

Verdades inciertas, mentiras certeras

Fake news: el enemigo interior al acecho.
Una investigación del New York Times sobre una serie de videos del incendio de camiones con ayuda humanitaria para Venezuela que incriminaba al régimen del presidente Nicolás Maduro omitía mostrar que en realidad había sido iniciado por bombas molotov arrojadas por opositores por error sobre el convoy.

Claro está que no todas, ni siquiera la gran mayoría de las fake news pueden verse como parte de una enorme conspiración: simplemente son instrumentos más tácticos que estratégicos, con alcances limitados a plazos no demasiado largos, pero sumamente eficientes.

La corriente de “pensamiento” autodenominado “terraplanista” (gente que afirma que la el planeta Tierra es una enorme mesa redonda rodeada de hielos) no pasa de una exótica e hilarante patraña.

Pero los movimientos “antivacunas”, sin desmenuzar demasiado, constituyen un peligro severo para la salud pública mundial sustentado por información intencionalmente falseada.

Más temprano o más tarde la mentira se descubre.

Y aún así no alcanza, ya ha envenenado el contexto, ya se ha instalado entre las creencias colectivas, ya ha convencido a quienes eran propensos a sucumbir a sus emociones más allá de cualquier idea en contrario, de que eso en lo que creían que creían es cierto simplemente porque lo sienten de ese modo.

Más temprano o más tarde la mentira se descubre, como dijera Abraham Lincoln en su discurso de 1858 en Clinton, Illinois:

“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo, puedes engañar a algunos todo el tiempo, pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Por supuesto que no.

Es decir: ¿no?

La cita del párrafo resaltado es apócrifa.

No hay registros de la época ni notas que confirmen o siquiera sugieran que Lincoln alguna vez dijo eso.

La primera atribución conocida de la frase se publicó el 29 de octubre de 1886 (Lincoln fue asesinado el 15 de abril del año anterior) en el Daily Journal de Milwaukee, reproducida al año siguiente el 26 y 27 de agosto por el New York Times, y replicada en editoriales de diversos diarios de aquel tiempo hasta volverse un lugar común.

Cualquier búsqueda de Google dirá sin ningún fundamento que Lincoln es el autor.

El partícipe necesario

Facebook e Instagram en móviles: el enemigo interior que alimenta cada usuario.
Nadie debería sorprenderse si un día cualquiera nos enteramos de que Instagram es una fuente de datos privilegiada para vastos sistemas de reconocimiento facial sin conocimiento ni consentimiento de los usuarios.

Se ha confirmado fehacientemente que durante los 2 años siguientes al 11 de septiembre de 2001 el gobierno del presidente George W. Bush difundió a través de las principales cadenas de noticias 935 declaraciones con afirmaciones falsas tendientes a justificar la guerra con Irak que nada tuvo que ver con el atentado.

La avidez pública irracional por castigar a un culpable del horror validó la mentira, así como Saddam Hussein perdió la cabeza en el cadalso, otras miles de vidas se perdieron en vano en nombre del Bien.

Después vino Facebook, y el método se perfeccionó, se hizo universal y más barato.

A través de Facebook, los operadores detectaron y detectan las debilidades sensibles de los individuos para moldear una información que, adaptada a sus creencias, emociones, deseos y rechazos, es aceptada sin cuestionar.

El conocimiento pormenorizado de la individualidad de cada personacuanto mayor y más íntimo, mejor– hace posible que estas cofradías, corporaciones, hermandades, asociaciones de conjurados, cuenten con las artimañas y los ingenios más depurados para invadirnos y envolvernos sin que nos demos cuenta de nada.

Las herramientas no siempre son neutras; un martillo o un hacha pueden usarse para construir o destruir, para hacer cosas buenas o cosas malas; la finalidad de un cañón, en cambio, no admite ambigüedades.

Con Facebook ocurre algo así desde el principio. Sus metas son el problema.

El valor de la privacidad

En un mundo en el que todo está interconectado, la privacidad es crítica.
El valor de la privacidad casi nunca es apreciado en su verdadera dimensión por las personas: no se trata de ocultar información propia, sino de limitar qué es lo que estamos dispuesto a mostrar y con quién queremos compartirlo.

Cuando en el inicio del otoño boreal de 2018 la red social Facebook admitió que la privacidad de por lo menos 50 millones de cuentas de sus usuarios había sido vulnerada, aunque no el primero ni el más temible, el escándalo fue mayúsculo.

Facebook define quiénes somos.
Amazon establece lo que queremos.
Y Google determina lo que pensamos.

Karsten Gerloff, Fundación Software Libre de Europa.

El paso del tiempo demostró que las violaciones probadas a la intimidad de las personas abarcaba al menos a 3 ó 4 veces ese número inicial de usuarios.

Lo que los usuarios no terminan de advertir es que la publicación de la intimidad, esa aparente moda o tendencia de exponer lo privado a la consideración pública, no constituye una libertad más ni una concesión o una conquista, sino una imposición subrepticia de grupos interesados en explotar ese conocimiento.

La compañía concebida por Mark Zuckerberg (además propietaria de los sistemas de mensajería WhatsApp, Messenger y Poke, y de la comunidad basada en imágenes Instagram, entre otros emprendimientos de alcance planetario) es solventada mayoritariamente con publicidad en línea y ya había sido cuestionada en controversias de gran magnitud.

Si bien las sospechas de los analistas más atentos se remontaban hasta antes del nacimiento de la red social en 2004, la compra de WhatsApp por U$S 16 mil millones en febrero de 2014 instaló la pregunta: ¿Cuál es el negocio de adquirir un servicio de mensajería de uso gratuito y libre de anuncios internos si no hacerse de un cúmulo de información sensible de sus usuarios para venderla como un bien comercial?

Un libro de Ben Mezrich sobre Facebook titulado “The Accidental Billionaires: The Founding of Facebook, a Tale of Sex, Money, Genius, and Betrayal” (algo así como “Los multimillonarios circunstanciales: la fundación de Facebook, una historia de sexo, dinero, genio y traición”) expone en forma de novela pero con datos reales el modus operandi de la red social.

¿Privacidad o no?

Privacidad, peligro chino: portada original de “thefacebook”.
Portada del prehistórico thefacebook de Mark Zuckerbarg y Eduardo Saverin, tal como puede verse en línea aún hoy en el sitio comunitario PythonAnywhere.

El historial universitario de Zuckerberg muestra un suceso clave para entender su ética de negocios: en 2003, mientras estudiaba en Harvard, el joven emprendedor lanzó Facemash, un sitio interno en el que publicó unas 22.000 fotografías asociadas con los nombres de estudiantes de la institución, sustraídos de la base de datos universitaria.

Thefacebook es un directorio en línea que conecta a las personas a través de redes sociales en las universidades.

Declaración del proyecto desarrollado en 2004.

El sitio era comparable a lo que hoy es Hot or Not: usaba imágenes compiladas de los facebooks (los típicos anuarios impresos con las fotos de los graduados, tradicionales en EE.UU.) en línea, comparaba dos, una al lado de la otra, y pedía a los usuarios que eligieran a la persona más atractiva.

A las pocas horas Facemash fue dado de baja y Mark Zuckerberg fue suspendido a instancias de una denuncia del Departamento de Servicios Informáticos bajo los cargos de infracción a la seguridad, quebrantamiento de las políticas de privacidad y violación de la propiedad intelectual.

Contrariado, decidió abandonar su carrera de Ciencias de la Computación en Hardvard (que retomaría ya convertido en multimillonario para graduarse en 2017) y dedicarse a la actividad empresaria según sus particulares ideas.

En enero de 2004, los hermanos Divya y Winklevoss Narendra, también estudiantes de Harvard descendientes de calificados inmigrantes indios, le propusieron crear un facebook pero en línea, para uso univeristario.

Zuckerberg los distrajo con “espejitos de colores” mientras ponía en marcha con una inversión inicial de U$S 1.000 TheFacebook, que vio la luz el 4 de febrero de 2004, en sociedad con el estudiante brasileño Eduardo Saverin (a quien había conocido en primer año) como director financiero y gerente comercial, sin la participación de los Narendra.

De California a Cambridge

Facebook, de California a Cambridge, el enemigo interior.
Cambridge Analytica (CA) fue hasta su liquidación una compañía con sede en el Reino Unido de Gran Bretaña contratada por diversos factores de poder para ensuciar procesos electorales en las democracias del mundo. Su muerte oficial hace que nunca sepamos cuánto ni hasta dónde.

El 17 de marzo de 2018, el diario estadounidense The New York Times, y los británicos The Guardian y The Observer habían denunciado el abuso de información confidencial personal de los usuarios de Facebook perpetrado por la siniestra compañía del multimillonario Robert Mercer bautizada Cambridge Analytica (CA), con sede en Londres, disuelta menos de 2 meses más tarde frente a la evidencia incontestable sobre sus prácticas fraudulentas.

Desde su creación en 2013, CA tuvo un papel preponderante en la infiltración de los electores de diferentes países –entre ellos la Argentina– para alterar su voluntad mediante la manipulación y tergiversación de información a través de verdaderas operaciones de inteligencia ilegal.

A principios de mayo de 2018, la empresa —que tuvo un papel preeminente en torcer las elecciones para favorecer a Donald Trump o en influir sobre el nefasto referéndum del Reino Unido que desembocó en el Brexit— emitió un comunicado en el que anunciaba el cese inmediato de todas sus operaciones debido a su “inviabilidad”.

“El asedio efectuado por la cobertura mediática ha apartado a casi todos los clientes y proveedores; […] Cambridge Analytica ha sido blanco de numerosas acusaciones infundadas y […] ha sido calumniada por actividades que, no sólo son legales, sino que son ampliamente aceptadas como parte integrante de la publicidad en línea”, lagrimeaba su vocero mientras los abogados apuraban declaraciones de insolvencia.

Los 50 millones de usuarios iniciales se volvieron casi el doble (87 millones), mientras Facebook, que según el ex director de CA Christopher Wylie (el informante de los 3 prestigiosos diarios que publicaron la primicia) “sabía lo que estaba pasando y no hizo nada”, dudaba entre el lavado de manos y la mirada perdida en el vacío.

Cierre por liquidación

Christopher Wylie, ex director de Cambridge Analytica.
Christopher Wylie, el ex director de Cambridge Analytica que abrió la caja de Pandora de la compañía, todo un émulo del famoso “Deep Throat” del caso Watergate.

En abril de 2019 llegó por fin el fallo del tribunal de quiebras que hizo lugar al pedido de insolvencia y decretó la liquidación de CA.

Facebook no sólo permitió y avaló estas acciones; las fomentó y alentó por una sencilla razón: en todos los casos se trataba de publicidad paga.

Con esta decisión judicial cayeron sin remedio las pretensiones de los querellantes para mantener a la compañía activa y poder investigar los verdaderos alcances de sus acciones en términos del uso no autorizado de datos personales y sus secuelas.

Con la liquidación, los dirigentes de CA renunciaron a sus obligaciones de cooperar con cualquier jurisdicción judicial, algo que no podían hacer mientras eran los administradores, y la pista de la información extraída de los usuarios se evaporó para siempre.

Si bien declinó revelar la identidad de sus clientes, en una de las audiencias ante la Comisión de Asuntos Digitales, Cultura, Medios y Deporte del Parlamento del Reino Unido, Alexander Nix, ex CEO de CA, admitió la planificación de una campaña anti Kirchner en la Argentina.

La importancia del resguardo de la privacidad de datos personales –puesta de manifiesto con las operaciones de infitración de Cambridge Analytica– reside en que alcanza con que exista un eslabón débil (aquél que se expone porque no tienen “nada que ocultar”) para que se pierda la privacidad de los datos de todos sus contactos y, en progresión, los de los contactos de sus contactos.

Con esa información entre manos, CA elaboraba y refinaba los perfiles individuales de los electores, detectaba sus vulnerabilidades, y les creaba propaganda a medida, fake news personalizadas y un inmenso espectro de influencia sobre sus ideas y opiniones.

Facebook no sólo permitió y avaló estas acciones; las fomentó y alentó por una sencilla razón: en todos los casos se trataba de publicidad paga, un negocio que no iban a despreciar. Y Mark Zuckerberg, ya se sabe, tiene debilidad por esa combinación viciosa de dinero y exposición de la intimidad de los demás.

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