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Cuba era Japón

La historia de los textos escolares olvida contarnos que Cristóbal Colón en realidad no hizo su viaje de 1492 en busca de la India sino de Cipango, una gran isla descripta por Marco Polo en el Libro de las maravillas, cuyos relatos fueron reinterpretados por el sabio florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli para Alfonso V de Portugal en una carta de la cual el genovés pudo agenciarse una copia de manera clandestina. Así, el célebre Almirante creyó o quiso creer que la isla de Cuba era Japón, y no Cuba.


Cuba era Japón: retrato del Almirante Cristóbal Colón.

Cristóbal Colón, fragmento de una pintura del artista vienés Peter Johann Nepomuk Geiger (1805-1880), alegoría sobre el rey Carlos de Habsburgo, más conocido como Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico.

En el artículo de (in)formales “Colón Catalán” de 2017, mencionábamos la teoría, formulada por primera vez por el historiador peruano Luis Ulloa en 1927, que aseguraba que el descubridor de nuestro continente era oriundo de Barcelona, hipótesis que no nos narran los manuales.

Si bien nos cuentan que el objetivo expedicionario era encontrar una nueva ruta para sortear el cerco otomano en el mar Mediterráneo y  llegar a Asia, no son explícitos en un sinfín de temas presentes en la saga, que parece iniciarse con las fantasías de Marco Polo en  su manuscrito “Il Milione” (circa 1298) para nosotros “El libro de las maravillas”.

“Es posible que el plan final presentado a la reina Isabel de Castilla fuese el mismo conocimos en la escuela, aunque podría haber sido pergeñado para ocultar otras intenciones del intrépido navegante.

Cuando aluden a la leyenda de El Dorado –bien conocida ya en los años jóvenes de Colón– suelen relacionarla con el oro y la plata en realidad encontrados más tarde por los conquistadores de América en los actuales México y Bolivia.

Toda la documentación disponible muestra que el marino esperaba encontrar un gran archipiélago anterior a la China, en el que se destaca una enorme isla llamada Cipango.

Es posible que el plan final presentado a la reina Isabel de Castilla fuese el mismo conocimos en la escuela, aunque podría haber sido pergeñado para ocultar otras intenciones del intrépido navegante: hacerse del oro de El Dorado, a la sazón Cipango, y terminar con una vida de fatigas, pobreza y penurias.

De otra forma no se comprende el empeño por adentrarse en el océano Atlántico con rumbo al oeste sin la provocación tentadora de encontrar aquella cornucopia de tesoros mencionada por el explorador veneciano casi 300 años antes.

La leyenda de Cipango

Cuba era Japón: carta de 1492 de Martin Behaim.

Reproducción de 1889 de un mapa original del cartógrafo alemán Martin Behaim donde puede verse, casi en el centro del hemisferio de la derecha, a la isla de Cipango, hoy Japón

Hay coincidencias entre los etimólogos en que Cipango (Cippangu o Zipangu) deriva del chino antiguo Rigenguo o “País del Sol Naciente”; las primeras notas sobre la isla de Cipango de las que Colón tuvo noticia provenían del manuscrito de Marco Polo.

En la vasta obra de Marco Polo, sin embargo, la referencia es muy escueta, aunque no por eso deja de ser significativa.

“El oro abunda tanto en ellas, que es maravilla, pero están tan lejos y se pasan tantas fatigas para ir a ellas, que no hay muchos que se lleguen allá.

—Marco Polo.

El –hoy creemos o suponemos– falso explorador italiano la describía como “La Isla de los tejados de Oro”, situada en el océano Pacífico, una suerte de nación libre, atiborrada de riquezas.

“Cipango es una isla a Levante que está a 1.500 millas apartada de la tierra en alta mar. Es una isla muy grande. Los indígenas son blancos, de buenas maneras y hermosos. Son idólatras y libres y no están bajo la señoría de nadie. Tienen oro en abundancia, pero nadie lo explota, porque no hay mercader ni extranjero que haya llegado al interior de la isla. […]

“Existe un gran palacio todo cubierto de oro fino, tal como nosotros cubrimos nuestras casas e iglesias de plomo, y es de un valor incalculable. Los pisos de sus salones, que son numerosos, están también cubiertos de una capa de oro fino del espesor de más de dos dedos. Todas las demás partes del palacio, salas, alféizares, todo está cuajado de oro. Es de una riqueza tan deslumbrante, que no sabría exactamente cómo explicar el efecto asombroso que produce el verlo.

“Tienen perlas en abundancia de un oriente rosa, preciosas, redondas y muy gruesas. Son de tanto valor como las blancas, o más. Tienen varias otras piedras preciosas. Es una isla muy rica, cuya riqueza es incalculable.”

No obstante hoy sabemos que Marco Polo quizás ni siquiera estuvo en China, él mismo devela que nunca pudo llegar hasta Cipango, y lo que cuenta con tanto detalle es fruto de las narraciones de oídas de otros hombres recogidas de los anfitriones chinos.

“Este mar en que está situada la isla se llama el mar de la China […] pero la China está hacia Levante, y tiene, según los pilotos y navegantes que la conocen, 7.448 islas, de las cuales muchas habitadas, y en estas islas no hay árbol que no sea aromático y que no tenga perfume fuerte y agudo, con maderas de gran utilidad, grandes como el alerce, y más grandes aún. Hay especias muy caras: pimienta blanca como la nieve y negra, ambas en gran abundancia.”

Una trama de enredos, errores y misterios

Cuba era Japón: Cipango en la leyenda de Marco Polo.

En Il Milione, del célebre explorador veneciano Marco Polo, hay una breve pero sabrosa descripción de una misteriosa y casi inalcanzable isla al este de China en donde hay oro en abundancia.

Conocemos la importancia concedida al tráfico de especias en el siglo 15 dada la veda impuesta a la navegación y el comercio por el Imperio Otomano; aún así, hay en el final de la reseña de Marco Polo algo que acaso haya inquietado un poco más a Cristóbal Colón que conseguir sazonar alimentos.

“El oro abunda tanto en ellas, que es maravilla, pero están tan lejos y se pasan tantas fatigas para ir a ellas, que no hay muchos que se lleguen allá. Y cuando las naves de Çaiton o de Guinsai atracan a ella es siempre con gran provecho y ganancia. Pero para llegar a ellas tardan un año, pues van en invierno y vuelven en verano, porque los vientos son en esa época favorables, y estotra al volver estotra, uno sopla en popa en invierno y otro en estío. Esta región está muy alejada del camino de la India…”

“De haber sabido que para arribar a la verdadera Cipango debía hacer una travesía de 19.600 kilómetros, en vez de los 4.500 supuestos, Colón jamás se habría entusiasmado ni por todo el oro del mundo.

La única gran isla frente a las costas de China es Japón, pero la distancia real entre la isla y el continente es de apenas unos 200 km, lo que se contradice con la versión de Marco Polo.

Como el dato fue proporcionado por los interlocutores chinos, es posible inferir que estamos ante un primer fraude: en realidad, en el norte de Japón se producía oro que era exportado a China.

No es difícil sospechar que la exageración manifiesta en los avatares para alcanzar la isla –sobre la cual los chinos no tenían jurisdicción alguna, pero sí mantenía negocios a través numerosos mercaderes– tuviese la finalidad de disuadir a la familia de Marco Polo de aventurarse a la empresa, lo que lograron en efecto.

Laberintos de la mitología y la ciencia

Cuba era Japón: el mapa de Toscanelli reconstruido.

Reconstrucción del mapa elaborado por Paolo Toscanelli para Alfonso V, superpuesto a un planisferio real donde Cipango aparece sobre el occidente mexicano.

El maestro florentino Paolo dal Pozo Toscanelli, astrónomo, matemático y cosmófrafo, reuniría y daría por cierto el testimonio fantástico de Marco Polo, entusiasmado por un dato que nunca llegaría a saber falso.

En la creencia de que la circunferencia de la Tierra era de unos 29.000 km (hoy sabemos que es de 40.000 km) y a estar de los datos de Marco Polo, Toscanelli colegía que era más fácil llegar a Cipango hacia el oeste desde Europa que desde China hacia el este.

“Tienen oro en abundancia, pero nadie lo explota, porque no hay mercader ni extranjero que haya llegado al interior de la isla.

Contra lo que enseñan las lecciones de la historia escolar, ya desde Aristóteles se sabía de la esfericidad de la Tierra, y la noción de un plano sostenido por tortugas o elefantes tal vez sólo existiera en la mitología vulgar, pero no era considerada por los sabios.

Toscanelli acumulaba así dos erratas cerriles, a la que se sumaba el desconocimiento de la existencia del continente americano a mitad de camino en la ruta occidental para llegar a Asia.

En su primera carta geográfica (de la que no queda evidencia), situaba a Cipango en medio del Mar Océano, más o menos donde en realidad se encuentra la costa oeste de EE.UU.

En adelante, se sucederían yerros y confusiones con resultados tan impredecibles como a veces fructíferos, al menos para los protagonistas.

¿Cuba era Cipango para la Corona portuguesa?

Cuba era Cipango: la leyenda de Marco Polo.

La llegada de Cristóbal Colón a las costas de América fue el resultado de una acumulación sucesiva de errores que comenzó con un cuento chino a Marco Polo.

Embriagado por las conquistas de su tío Enrique El Navegante con las expediciones al sur del estrecho de Gibraltar, para mediados del siglo 15 el joven rey Alfonso V de Portugal apoyaba con vehemencia la exploración del océano Atlántico.

Al fallecer Enrique en 1460, Alfonso perdió rápidamente el interés.

Más tarde, con la península Ibérica convulsionada y su poder amenazado en varios frentes, consultó a su consejero Fernando Martíns de Roris acerca de versiones recientes sobre una nueva forma de dirigirse a las Indias.

“El mapa entregado en secreto a Alfonso V junto con la carta de la cual Colón pudo agenciarse una copia, ubicaba al eje norte-sur de Cipango sobre la costa occidental de México.

Fue así que Toscanelli, amigo de Martíns de Roris, pudo exteriorizar su idea de cómo llegar a las islas de las Especias –hoy las Islas Molucaspor el camino inverso, es decir, con rumbo al oeste.

Pese a que en la carta remitida hacía alusión expresa a la gran isla de Cippangu y a la mítica isla de Antilla (que se decía poblada por un puñado de españoles escapados en el año 734 de la invasión mora), parece que guardó para sí las quimeras de Marco Polo.

El mapa de 1474, entregado en secreto al rey junto con la carta –de la cual Colón pudo agenciarse una copia gracias al mercader Lorenzo Berardi– ubicaba al eje norte-sur de Cipango sobre lo que en verdad es la costa occidental de México.

Muerto Alfonso V en 1481, fue sucedido por su hijo Juan II (Juan el Príncipe Perfecto o Juan el Príncipe Tirano, de acuerdo con la perspectiva), que había acompañado a su padre en las campañas por el norte de África y que restauró las exploraciones atlánticas, a las que dio prioridad absoluta en la procura de un derrotero hacia las Indias.

Al año siguiente, Toscanelli se llevaba sus cifras a la tumba, y sólo quedaba Colón para reasumir la búsqueda de Cipango con la excusa de ir a las Indias.

Al tanto del ímpetu del rey portugués, intentó presentarle un borrador de su proyecto, pero recibió un dictamen negativo de los mismos expertos que habían autorizado varias expediciones más económicas y menos pretenciosas por el Atlántico.

Mientras aparentaba desoír a Colón, desconfiado de sus consultores, Juan II envió en secreto una carabela para que siguiera la ruta hacia el poniente señalada en la propuesta.

Es probable que los pormenores de la empresa entregados al monarca disfrazaran la intención de Colón de llegar a Cipango y proveyeran datos adulterados, porque la expedición fracasó sin más.

La ambición del ¿iluso? hombre de mar

Cuba era Japón: Cristóbal Colón, el navegante.

¿Escondía Colón la ambición secreta de encontrar el oro en Cipango tras el velo de la Ruta hacia las Indias para conseguir especias? Si observamos con detenimiento, parece bastante palusible.

Cristóbal Colón era un avezado –pero mero– navegante, no un descubridor, no un conquistador, no un gobernante, no un hombre de armas, mucho menos un aventurero.

Por temperamento y por oficio, habituado a la guía mecánica de los astros, tenía una inclinación afanosa por el orden.

Lector insaciable, neurótico obsesivo, acostumbraba subrayar en sus lecturas aquellos párrafos y frases a los que concedía más importancia.

Los textos de la biblioteca colombina que se conservan aún hoy son elocuentes respecto a la relevancia que daba a los datos hallados en Il Milione de Marco Polo, el Tractatus de Imago Mundi de Pierre d’Ailly o la Historia Rerum ubique Gestarum de Eneas Silvio Piccolomini.

Se presume que Colón transcribió de puño y letra el contenido de la carta de Toscanelli, escrita en latín, y agregó algunos datos de su propia cosecha.

Cipango o Zipangu estaba para él apenas a 10 espacios de 250 millas de Antilla (el diablo volvía a meter la cola, porque el navegante confundía las millas italianas con las árabes).

Este percance sumaba un desacierto que agregaba optimismo a Colón, al estimar la distancia entre las islas Canarias y Cipango en un cuarto de la extensión efectiva.

Además de ese equívoco, los datos consignados por Toscanelli ya erraban de modo favorable en unos 30° la posición de las costas de la isla.

Iluso, pero ni tonto ni holgazán, el marino unió sus lecturas previas de Marco Polo a los cálculos detallados de Toscanelli y creyó ver el fin de una vida azaroza en los fastos de la isla imaginada por el explorador.

De haber sabido que para arribar a la verdadera Cipango debía hacer una travesía de 19.600 kilómetros, en vez de los 4.500 supuestos, el navegante jamás se habría entusiasmado ni por todo el oro del mundo.

Pero pudo más el apetito que el aplomo: en España estaban las familias de Aragón y Castilla que tal vez, intuyó el marino, comprarían su plan maestro.

Una idea millonaria sin auspicios

Cuaba era Japón: la expedición a las Indias.

Desdeñado una y otra vez por los poderosos, recién en la primavera de 1492 Cristóbal Colón pudo sentir que la búsqueda de Cipango estaba por fin al alcance de sus manos.

Despreciado por los portugueses, Cristóbal Colón puso proa hacia Castilla.

Gracias al apoyo de los frailes de La Rábida, y a instancias de fray Hernando de Talavera, confesor de Isabel de Castilla, el genovés –o catalán, según quien lo mire– pudo dirigirse a las Cortes, primero, y a la flamante monarquía, más tarde.

“Era imposible que lo que afirmaba Colón fuera cierto, el capital y las exigencias eran excesivos, y existía un tratado con Portugal para repartir los territorios del Atlántico.

En plena guerra con los musulmanes por las tierras de Granada, los noveles reyes quisieron que una comisión de teólogos y cosmógrafos examinara las ideas de Colón antes de darle su patronazgo.

El Real Consejo descartó de plano el proyecto por inviable.

Era imposible que lo que afirmaba Colón fuera cierto, el capital solicitado por el navegante para la expedición y las exigencias eran excesivos, y existía un tratado con Portugal para repartir los territorios del Atlántico que nadie quería transgredir.

Rechazado y empobrecido, en camino hacia Francia para probar mejor suerte, una rara conjunción de hechos revirtió la situación aciaga.

El rey Fernando de Aragón, influido por el fraile Diego de Deza y el prestamista de la Corte Luis de Santángel Vilamarxant (quien terminaría por aportar los fondos para la campaña porque la Corona tenía sus arcas exhaustas) accedió a consentir la rara empresa.

Las Capitulaciones de Santa Fe del 17 de abril de 1492 concedieron a Colón los títulos hereditarios de Almirante, Virrey y Gobernador General de todas las tierras que descubriese en “la mar Océana”.

También, y más importante, el derecho a recibir el 10% de las ganancias devengadas de todo lo comerciado en las áreas bajo su influencia.

La quimera de que Cuba era Japón

Cuba era Japón: Colón llega a América.

El 12 de octubre de 1492, el Gran Almirante creyó haber encontrado el archipiélago mencionado por Marco Polo: Cipango estaba cera (“Colón llega a América”, pintura de Gergio Deluci publicada por la Prang Educational Co. en 1893 y conservada en la Biblioteca del Congreso de EE.UU.).

La sucesión de islas que encontró la expedición de Colón en su pretendido viaje a las Indias no aportaba referencias positivas, como es obvio, porque allí no estaban.

De haber desembarcado el 12 de octubre de 1492 en las costas continentales de América, es probable que hubiese imaginado que estaba en Catay (como se nombraba a China) o en la India, pero al toparse con un conjunto de islas, sin duda había triunfado en su imaginación.

“Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vezino; y terná navíos y vernán captivarlos, y como no vuelven, creen que se los han comido.

La pequeña San Salvador, casi despoblada, podía ser alguna de las miles que rodeaban a Cipango en el vasto archipiélago referido por Marco Polo –habrá especulado– y fue así que se sumió en el frenesí de encontrar El Dorado, que debía estar muy cerca.

La primera representación detallada del paisaje es del 16 de octubre, a su arribo a la isla Fernandina: todo es maravilloso –reitera vez tras vez– y de una rareza que roza lo inefable.

En las descripciones de los paisajes se aprecia la obsesión por identificar cada nuevo hallazgo con las narraciones fantásticas de Marco Polo, el empeño por encontrar coincidencias con los relatos de Oriente le hacía ver cosas que no eran, la fascinación por lo extraño y desconocido, más que por lo conocido y deslumbrante.

En las descripciones de Marco Polo –y en la expectativa de Cristóbal Colón– en Cipango se erguían palacios con tejados de oro, era el apogeo de la riqueza, el lugar donde se cifraban las más extraordinarias maravillas del mundo.

Por las referencias de los nativos había una isla muy grande, la Isla Mayor (Cuba), donde Colón creyó entender que se daba un importante trato de mercaderes, aunque difícilmente le hayan dicho tal cosa.

Al descubrir Cuba, percibía haber llegado a Cipango; los aborígenes llamaban –para colmo– al interior “Cibao”, lo que le hizo sospechar que en verdad era la famosa isla mentada por el veneciano.

De la ilusión al frenesí

Cuba era Japón: dibujo de la colina de el Rubí.

Ilustración del libro “La vida de Cristóbal Colón, de sus propias cartas y diarios y otros documentos de su tiempo” de Edward Everett Hale, publicado en 1891, en la que aparece al fondo la sierra del Rubí en la isla de Cuba, tal como se supone que la vio Colón en 1942.

La extensa isla de Cuba aumentó su fe en que la meta estaba próxima; escirbía sin fundamento pero con ansia: “debe ser Çipango, según las señas que dan esta gente de la grandeza d’ella y riqueza”.

Los indígenas vivían atemorizados por los ataques de otras tribus que el Almirante interpretó debían ser soldados enviados por el Gran Can.

“Caniba no es otra cosa sino la gente del Gran Can, que debe ser aquí muy vezino; y terná navíos y vernán captivarlos, y como no vuelven, creen que se los han comido”, escribía Colón en su diario.

Lo que llama Caniba, de donde se derivará Caribe, es una mera suposición: los caníbales eran en efecto tribus guerreras con costumbres antropófagas que asolaban a la región, y no los ejércitos del Can.

“Ni oro, ni gentes blancas, ni perlas, ni algodón, ni canela; apenas algunos ornamentos de los nativos, unos zarzos exóticos, mas nada de nada de los metales preciosos que Marco Polo tampoco llegó a ver.

Insistía –pese a que en la enorme variedad había innumerables parecidos– en resaltar las diferencias del paisaje local con el de Castilla, y encubría la ausencia de oro y especias con la belleza superlativa del espectáculo natural.

“Maravillóse en gran manera ver tantas islas y çertifica a los Reyes que desde las montañas que desde antier ha visto por estas costas y las d’estas islas, que le pareçe que no las ay más altas en el mundo ni tan hermosas ni claras, sin niebla ni nieve, y al pie d’ellas grandíssimo fondo; y dize que cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de Oriente se ponen.

“Y dixo que creía que avía grandíssimas riquezas y espeçería en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. Púsoles nombre la mar de Nuestra Señora. Dize tantas y tales cosas de la fertilidad y hermosur a y altura d’estas islas que halló en este puerto, que dize a los Reyes no se maravillen d’encareçellas tanto, porque les çertifica que cree que no dize la çentéssima parte.”

El continuo derivar se tornó obsesivo al obligarse a “ir mucho camino calar mucha tierra fasta topar en tierra muy provechosa de espeçería”.

Sin embargo, se convertiría en desazón palmaria: “[…] Levo la mayor pena del mundo, que veo mil maneras de árboles que tienen cada uno su manera defruta y verde agora como en España en el mes de mayo y junio y mil maneras de yervas, eso mismo con flores; y de todo no se congnosció salvo este lináloe de que oy mandé también traer a la nao para levar a Vuestras Altezas”.

Asomaba ya la frustración; ni oro, ni gentes blancas, ni perlas, ni algodón, ni canela; apenas algunos ornamentos de los nativos, unos zarzos exóticos, mas nada de nada de los metales preciosos que Marco Polo tampoco llegó a ver.

Al explorar Cuba, Colón buscaba desesperado los rastros de las tierras de Asia, como se evidencia en las anotaciones del 1 de noviembre, en las que afirmaba estar en tierra firme, “ante Zaitó y Quinsay, cien leguas poco más o menos”.

Cuba era Japón o más bien la India

Templo del Pabellón de Oro de Kioto, Japón.

El Kinkaku-ji, Templo del Pabellón de Oro o Templo del jardín de los ciervos, construido en 1397 en Kioto, se asemeja a lo que Cristóbal Colón buscaba en Cuba basado en los relatos del Libro de las Maravillas.

Colón nunca se anotició de que estaba en un continente ignorado por Europa; su desconocimiento y error perdurarían hasta las expediciones de Hernando de Magallanes y las constataciones de Américo Vespucio.

A medida que recorría las costas cubanas, no encontraba ninguna de las urbes contadas por Marco Polo, ni había vestigio alguno de productos valiosos; apenas poblados menores, tribus de gente desnuda y simple, sin ritos ni supersticiones complejas.

La idea de que Cuba era Japón mutó a que la expedición estaba en un archipiélago menor, en el extremo sur del océano Índico, sitio estratégico desde donde afrontar con mayor facilidad la incursión a Cipango.

En el último tramo del excursión cubana reiteró su convicción de estar en islas próximas a la India, donde encontró “nuezes grandes de las de la India… ratones grandes de los de la India también”.

De alguna forma insinuaba además que, tanto por la docilidad de los indígenas –que no parecían haber sufrido las sempiternas pestes de África– dispuestos a contribuir con los visitantes y hasta convertirse a la cristiandad, como por la abundancia de pasturas naturales, bosques y sitios idóneos para la actividad portuaria, las tierras podían ser nuevas colonias para España.

El frenético optimismo colombino estaba, de cualquier manera, a punto de caer.

La Nochebuena fatídica

Cuba era Japón: el naufragio de la Santa María.

Cesáreo Fernández Duro escribió en Naufragios de la Armada española sobre la Santa María: “Varó de noche sobre el Guarico [Santo Domingo] el 25 de diciembre y aunque se picaron los palos y se alijó por completo con ayuda de canoas de indios, no pudo sacarse. Se salvo toda la gente y los pertrechos, Colon transbordó a la carabela Niña”.

Colón se había topado con varias islas exóticas para un europeo que lo convencieron de estar muy próximo a Cipango, Catay o la India.

La meta central –y secreta– de la osada incursión, en cambio, estaba muy lejos de cumplirse: nada había de las riquezas tangibles que esperaba encontrar y para lo que se había preparado durante décadas.

De pronto, el panorama se tornó inesperadamente aciago.

La Niña, al mando de Martín Alonso Pinzón, había desaparecido durante la tercera semana de noviembre, y no había noticias de la tripulación ni de la carabela.

“Quedaba aún tiempo y energía para volver en procura de la isla de Cipango y sus riquezas, esa Utopía que los chinos le habían negado ver a Marco Polo con sus propios ojos.

Al cabo de un prolongado viaje de indagación que ya llevaba varios días, Cristóbal Colón decidió dejar el mando de la nave insignia, la Santa María, e ir a descansar en su litera.

Era la noche del 24 de diciembre, y el delegado de Colón, Juan de la Cosa, puso a su vez el timón en manos de un grumete sin experiencia que no advirtió a tiempo los escollos próximos a la costa: la carabela mayor encalló y se hundió sin remedio en la Nochebuena de 1492.

Aunque no hubo bajas entre los marineros, el Almirante quedó de un solo golpe en una situación crítica y compleja por la que tendría que responder ante la Corona española.

No era sólo emprender la vuelta en una embarcación pequeña, la cadena de negligencias que causó el naufragio a todas luces evitable, o la ineluctable decisión de abandonar a parte de sus hombres en un territorio lejano, sino el peso de haber fallado en todas y cada una de las metas de la misión.

Colón afrontó las calamidades con lo único que tenía a su disposición, la retórica.

Con la leyenda de Cipango todavía ardiente en su espíritu, aunque guardada para nuevas oportunidades por venir, regresó a España con el relato apócrifo de Las Indias, un archipiélago muy próximo a la India o a China, una suerte de insólitas islas Canarias o Azores, pero asiáticas, la última escala de la codiciada ruta a Oriente por Occidente.

Quedaba aún tiempo y energía para volver en procura de la isla de Cipango y sus riquezas, esa Utopía que los chinos le habían negado ver a Marco Polo con sus propios ojos.

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