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Cambio climático ¿en primavera?

Una de las preocupaciones medulares de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) es informar, aclarar y proponer acciones concretas e inmediatas para que el problema del cambio climático, el calentamiento global y el efecto invernadero, claves de nuestro tiempo, no sea barrido bajo la alfombra sino enfrentado con la madurez que el tema requiere. La metamorfosis anormal de la estación primaveral nos advierte que si no hacemos algo ahora todos, hoy ya parece demasiado tarde para no lamentarnos mañana.


Las mariposas podrían verse perturbadas por el cambio climático en curso.

La alteración en el ciclo biológico de los vegetales que se observa en la primavera (flores y hojas que surgen a destiempo, aromas más intensos o cambiantes) y que parecen atribuibles al cambio climático, causan efectos impredecibles sobre la fauna y el resto del ecosistema.

Desde el punto de vista de los astrónomos, el equinoccio de primavera ocurre entre el 21 y el 23 de septiembre en el hemisferio sur, momento en que el día y la noche duran unas 12 horas cada uno, luego de lo cual la luz solar comienza a predominar hasta la llegada del solsticio de verano, el 21 de diciembre, cuando el sol alcanza la mayor altura aparente en el cielo y la noche tiene su mínima duración en el año.

Septiembre es para nosotros el mes de la primavera –palabra que proviene de las voces latinas primum (primero) y vere (ver, raíz de la que también se derivan verano, verde, verdor, vergel, huerta, y que se relaciona con el crecimiento) de donde surge el plural neutro prima vera– la estación más benigna del año, la que se asocia con la juventud y el desarrollo vital pleno, la salida del invierno y el anticipo templado del verano.

Todos los 21 de septiembre los argentinos festejamos el “Día de la Primavera”, que no por casualidad coincide con el “Día del Estudiante”, edad en la que se dice que las personas se encuentran en la “flor de la vida”; precisamente, la definición ecológica de la primavera refiere a los indicadores biológicos como la aparición del olor particular que el renacer de la microflora confiere a la tierra cuando alcanza la temperatura apropiada, el florecimiento de la más amplia gama de especies vegetales, y el incremento notable de las actividades de los animales.

El cambio climático está alterando el tiempo biológico de la primavera.

El cambio climático provoca el adelantamiento de la floración y foliación de las especies vegetales cuando aún no ha llegado el inicio astronómico de la primavera, y no ha habido suficientes días de frío invernal.

Sin embargo, los científicos han observado que algunos fenómenos típicos de la primavera, con un eventual cambio climático, muestran signos de alteración ostensibles.

Las flores han comenzado a emitir más cantidad de los compuestos orgánicos que caracterizan a sus fragancias, y el olor de muchas especies ha empezado a variar; los animales polinizadores, y aquellos que se nutren atraídos por el perfume floral, podrían perturbarse al confundir los aromas, y todo un sistema de intercambios vitales para el medio ambiente se vería conmovido; los árboles cuyas hojas caen en otoño han anticipado la salida de las nuevas al menos 7 días respecto a 1980; en consonancia con este adelantamiento, la temperatura ambiente media de la estación ha subido algo más de 2°C.

No obstante, la naturaleza parece defenderse a sí misma de estas variaciones y, en lo que va del siglo 21, el proceso aparenta frenarse, tanto por la adaptación progresiva de los árboles (las razones del caer y brotar de las hojas están más ligadas a la captación de luz solar, que al calor), como por la existencia de una suerte de reloj biológico por el cual se necesita acumular una cantidad mínima de noches frías antes de disparar el renacimiento primaveral.

¿Hasta qué punto es factible la adaptación a los veranos más calientes, los otoños e inviernos más tenues, sin la cuota de frío que ordene los ciclos?

¿Es posible que el “acostumbramiento” de los árboles a retrasar la foliación invierta el proceso y terminen por “no darse cuenta” de en qué momento hacer nacer las nuevas hojas?

Cámbio climático, calentamiento global, efecto invernadero

Investigaciones sobre el cambio climático a nivel planetario.

Si bien la correspondencia entre efecto invernadero, calentamiento global y cambio climático no puede probarse categóricamente, existe una sucesión incremental de fenómenos meterológicos de una violencia inusitada.

A diferencia del tiempo atmosférico (las condiciones de temperatura, presión, vientos, humedad y precipitaciones en un momento dado), el clima es una suerte de promedio en el largo plazo que se relaciona con cada región particular de la Tierra, según su ubicación geográfica (latitud, altitud, distancia y nivel respecto al mar, influencia de las corrientes marinas, insolación, dirección de los vientos dominantes); mientras el tiempo es relativamente caótico, el clima tiende a ser más estable.

Asistimos a un momento extraño en la existencia del Planeta, más allá de lo que pueda parecernos desde lo subjetivo. Todos los registros muestran una alteración inusitada respecto a las condiciones precedentes en la Tierra, al menos en lo que refiere a aquello de lo que tenemos constancia.

Legos y expertos hablan de 3 fenómenos distintos –el efecto invernadero, el calentamiento global y el cambio climático– aunque no se ponen de acuerdo acerca de las causas y consecuencias de cada uno, ni sobre la correspondencia real o equívoca entre ellos.

Una fracción bastante mayoritaria afirma que el desequilibrio en el efecto invernadero (provocado por las emisiones procedentes de la actividad humana industrial y postindustrial) es uno de los causantes principales del calentamiento global que engendra el cambio climático al que la RSE presta especial atención; un grupo menor pero altisonante desconoce, con argumentos variados, esta relación causal.

Sea cual fuere la verdad, lo cierto es que hay sobradas constancias de que, por separado, efecto invernadero, calentamiento global y cambio climático muestran anormalidades que no nos es dable desconocer, y que nos afectan ya en el muy corto plazo.

El adelantamiento de la primavera –con independencia de las macrocondiciones astronómicas a las cuales debe su existencia la estación (la latitud, la posición orbital de la Tierra alrededor del sol, la oblicuidad del plano de la eclíptica) y que no lo justifican en modo alguno– es una de las tantas señales que nos marcan que algo raro sucede.

El efecto invernadero

Cambio climático, primavera y Antártida.

La Antártida es un vasto y complejo sistema, muy poco conocido por el gran público, cuya biodiversidad y características geológicas y atmosféricas, perturbadas por los efectos del cambio climático y las emisiones de CFC, provocan un impacto tremendo sobre todo el planeta Tierra.

Si no existiera la atmósfera, la temperatura global en la superficie terrestre sería inferior a los 0°C (unos –18°C); el efecto invernadero, en condiciones ambientales normales, es el proceso favorable que provoca un calentamiento medio de unos 33°C, gracias al cual son posibles los sistemas climáticos que conocemos, la mayoría de las formas de vida, y el balance energético de los ecosistemas en que ésta se inserta y se desenvuelve.

La luz solar atraviesa a la atmósfera y calienta a la superficie del Planeta; mientras una pequeña parte del calor es absorbida por la Tierra, el resto se devuelve hacia el exterior en forma de radiación infrarroja; los gases de efecto invernadero (GEI) que naturalmente componen a la atmósfera (vapor de agua-H2O, dióxido de carbono-CO2, metano-CH4, óxido de nitrógeno-N2O, ozono-O3) retienen gran parte de ese excedente en las capas bajas y lo irradian a la vez de nuevo hacia la superficie.

Por fuera de los fenómenos naturales ordinarios y de los niveles de composición regular, la actividad humana a partir de la Revolución Industrial ha fomentado, generado y emitido a la atmósfera una cantidad desusada de GEI –en particular CO2, H2O, N2O y CH4– con consecuencias potenciales y reales de magnitud catastrófica, dado que se desequilibra el efecto invernadero normal y se acentúa la inestabilidad de los fenómenos atmosféricos.

Las emisiones antropogénicas de GEI derivadas del empleo intensivo de combustibles fósiles en las funciones urbanas, el transporte y la industria, sumadas a otras formas de emanación extra provenientes de la agricultura y la ganadería, agravadas por la deforestación y la contaminación indiscriminadas, se combinaron con los peligrosos gases Clorofluorocarbonos (CFC) –subproductos de los hidrocarburos que no tienen antecedentes en la naturaleza– para crear un cóctel fatídico.

Las evidencias indican que, en principio, el “agujero” en la capa de ozono (una disminución en la concentración de O3) de la estratósfera sobre la Antártida –que se manifiesta durante la primavera– se debe a la degradación fotoquímica de los CFC, perfeccionada por las nubes estratosféricas y la noche polar, cuando las temperaturas en altura descienden a menos de 90°C bajo cero: en tales condiciones, un solo átomo de cloro de CFC puede destruir hasta 100 mil moléculas de O3.

Emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) que empeoran las condiciones del cambio climático.

La llamada “traza de carbono” –el conjunto de las emisiones antropogénicas a gran escala de CO2 al medio ambiente– coincide con el incremento en la concentración de este gas de efecto invernadero que comenzó a partir de la Revolución Industrial.

La capa de ozono es un delgado escudo de moléculas de O3 capaz de absorber los perniciosos rayos ultravioletas (UV) que componen a la luz solar, de modo que a la superficie sólo llega la radiación UV-A –más inocua– en tanto la UV-B –perjudicial para la vida– es parcialmente detenida, y la nociva UV-C es convertida en calor que se disipa hacia la Tierra.

La mitad de la primavera –contra la creencia generalizada que supone que la estación más peligrosa es el verano– combina la aceleración en el adelgazamiento de la capa de ozono con la mayor intensidad y duración de la radiación UV.

El problema de la emisión de GEI, además de la magnitud desmedida, es la tasa de crecimiento: sólo entre 1970 y 2005, las emisiones de CO2 –lo que se conoce como “huella de carbono”crecieron más del 80%; si se compara la concentración total de CO2 en la atmósfera preindustrial con la época actual, no parece descabellado presumir que el desbarajuste sea causado por los hombres.

El Informe Stern sobre la economía del cambio climático, encargado por el Reino Unido en 2006, consigna que las emisiones de GEI por sectores se distribuyen de la siguiente manera:

  • Generación de electricidad: 24%
  • Actividad industrial: 14%
  • Transporte: 14%
  • Edificios urbanos: 8%
  • Actividades relacionadas con la energía: 5%
  • Uso del suelo (incluida la deforestación): 18%
  • Actividades agropecuarias: 14%
  • Residuos: 3%

Es paradójico que la combinación virtuosa de GEI que hizo posible la vida sobre la Tierra hoy se haya vuelto un problema tan grave que puede llegar a destruir a los ecosistemas tal cual los conocemos.

El calentamiento global

Cambio climático en primavera desde el espacio: el calentamiento global es un hecho.

Resolver –o atenuar– el problema del calentamiento global mejorará las condiciones de vida sobre la Tierra; aire y agua libres de polución, inversiones en energía limpia e inteligente, industrias “verdes”, redes de transporte no contaminante, ciudades ordenadas más baratas y eficientes para enfrentar al cambio climático.

Desde que comenzó a medirse de manera sistemática, la temperatura media del sistema climático de la Tierra ha ido en aumento; si se toman las mediciones realizadas desde 1880, tanto de la superficie de los continentes como de la del mar, puede apreciarse además que desde la década de 1950 se ha producido una aceleración de los cambios que no tiene antecedentes históricos.

El año más caluroso medido alguna vez en el Planeta fue 2014, y 9 de los 10 años más calientes de los que se tenga registro sucedieron a partir del 2000.

El calentamiento manifestado en el registro instrumental se relaciona con una cadena de fenómenos coherentes que no pueden atribuirse al azar:

  • la antelación de los acontecimientos propios de la primavera –como la floración y la foliación de las plantas– está modificando a los ecosistemas;
  • el aumento considerable de la humedad relativa del ambiente media es consistente con la elevación de la temperatura, los vaivenes en los patrones de lluvias y la expansión de los desiertos subtropicales;
  • el incremento del nivel de los mares –causado por el aporte de la fusión de la nieve y los hielos continentales y por la dilatación del agua fría al calentarse– se ha acelerado en los últimos años (si se tiene en cuenta que Santa Fe se encuentra apenas a 9 msnm –30 pies– podría verse muy afectada por lluvias e inundaciones en el mediano plazo) y, de acuerdo con las estimaciones satelitales por altimetría iniciadas en 1978, parece una tendencia que continuará por varios siglos.
El calentamiento global puede ser tanto causa como efecto del cambio climático.

El calentamiento global demanda respuestas urgentes que van desde la reducción drástica de las emisiones de GEI y la construcción de sistemas resilientes, hasta el desarrollo de una ingeniería ‘ad hoc’ que nos permita adaptarnos a los efectos del cambio climático.

Mientras las temperaturas de los océanos aumentan con más lentitud (0,13°C por década), las temperaturas en los continentes lo hacen a casi el doble de velocidad (0,25°C cada 10 años). A veces, las fluctuaciones en las temperaturas asociadas a variaciones en el corto plazo (como las provocadas por “El Niño” y su contraparte, “La Niña”) enmascaran a las tendencias del largo plazo y pueden llevar a conclusiones erróneas.

El ciclo orbital de la Tierra –que se modifica en el lapso de miles de años– está en la actualidad en un camino que conduce hacia un período glacial; es muy sugestivo entonces que, a lo largo de los últimos 150 años, se haya experimentado un aumento repentino de la temperatura global, en paralelo con la intensificación e las emisiones antropogénicas de GEI.

Aún cuando los esfuerzos mancomunados consiguieran estabilizar los niveles de emisión de gases de efecto invernadero de origen humano a los del año 2000, la inercia de los procesos macroclimáticos continuaría durante centurias y extendería el calentamiento adicional causado sólo por el hombre.

RSE también implica la comprensión de que, aunque las especulaciones que rechazan responsabilidad humana en el calentamiento global sean correctas, el ascenso de la temperatura en curso requiere buscar solucione drásticas e inmediatas para mitigar sus consecuencias negativas sobre la civilización.

El cambio climático

Lo que hoy conocemos como cambio climático es la abrupta modificación de las condiciones del clima global que no tiene referencia alguna que la vincule con las transformaciones ocurridas a lo largo de milenos en el pasado.

Las teorías afirman que el cambio climático tiene causas tanto naturales como antropogénicas, aunque la Convención Marco sobre el Cambio Climático de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha preferido usar la expresión “cambio climático” sólo para referirse al atribuido de manera directa o indirecta a motivos humanos.

La variabilidad natural del clima que se sucedió durante los últimos 400 mil años se produjo, según las evidencias en los núcleos de hielo, por las modificaciones de la órbita terrestre; muy por el contrario, las alteraciones ocurridas desde hace 150 años a esta parte son contrarias a esa tendencia, y se corresponden con el crecimiento excesivo de la concentración de CO2 en la atmósfera, que no puede adjudicarse a influencias naturales internas, ni externas (las mediciones satelitales tampoco muestran variaciones –forzamientos– debidas a cambios en la energía que procede del Sol o a astroblemas).

Cambio climático en primavera: la Antártida es clave.

Si no invertimos las tendencias actuales y consumimos el resto de los combustibles fósiles –petróleo, gas, carbón– que aún hay en el Planeta, iniciaremos un proceso irreversible por el que los niveles globales de los mares pueden elevarse hasta 60 metros en los próximos diez mil años, sin que podamos detenerlo.

Aunque ciertos especialistas y militantes de grupos antagonistas respecto a las teorías sobre el calentamiento global y el cambio climático consecuente provocado por la emisión masiva de gases de efecto invernadero nieguen la vinculación entre tales fenómenos, la Conferencia Mundial de Cambio Climático (COP 19) de la ONU en Varsovia, en su informe de 2013, señaló que las pérdidas económicas a escala global causadas por episodios meteorológicos extremos pasaron de U$S 50 mil millones en 1980, a casi U$S 200 mil millones anuales –un crecimiento del 400%– durante la primera década del milenio, lo que supone un agravamiento severo al cual debe hacerse frente de alguna manera.

La comprensión plena de las cuestiones relacionadas con el cambio climático y la asunción de obligaciones por parte de cada uno de los actores involucrados, los focos principales de la RSE, tiene una enorme gravitación sobre el presente y el futuro de las sociedades humanas, desde los aspectos económicos, políticos y sociales, hasta los sanitarios y biológicos, al punto que está comprometida la propia existencia de la especie.

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